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23 de marzo de 2022

Comida corrida

Las escaleras lo miran ponerse los zapatos. Baja. Mira el cielo por la ventana manchada de gotas de lluvias pasadas. Baja. Se pone los zapatos, unos tenis de gamuza naranja. Abre la puerta que da al jardín. Mira la neblina por la ventana. Baja pausadamente las escaleras irregulares de peldaños cubistas. Mecánicamente toma las llaves mientras abre la puerta al jardín. Baja las escaleras y se detiene a mirar la neblina y la luz del este, que la ilumina y la vuelve ligeramente enceguecedora y brillante. El jardín lo recibe con ánimo tenue: los tomates oaxaqueños asombrosamente corrugados meridionalmente, las gardenias rosas y carmesí, el estoico limonero con moho negro pero que da limonzotes, los enfilados helechos al costado de la puerta que dicen ``buen viaje''. Gira la llave azul y abre la puerta a la calle. Come enmiltomatado de cerdo. Sube la pendiente. Ordena consomé y enmiltomatado de cerdo. Por la ventana mira las montañas tapizadas de verde y recubiertas de neblina. Sube la pendiente por donde los autos siempre deslizan sus llantas. Saluda al mecánico y a su esposa voluptuosa. Abre la puerta a la calle y mira al fondo de la privada. Sube lentamente la pendiente cuyo asfalto está parchado con grumos de cemento. Dobla en la peluquería cuyo bazar de ropa exterior e improvisado estorba el paso. Toma un poco de gel antibacterial mientras revisa el menú en el pintarrón. Saluda al mecánico y a su esposa voluptuosa. Vuelve sobre Cumbres de Alcutzingo. Los granos de arena en la calle crujen bajo su paso pensativo y de pequeñez ante las formidables montañas. El consomé tiene pequeños círculos y óvalos de grasa amarilla. Regresa sobre Cumbres de Alcutzingo mirando las montañas calinosas. Termina el consomé y recibe su enmiltomatado de cerdo. Saluda al mécanico con la mano derecha levemente levantada mostrando la palma. Sube la pendiente esquivando la moto aparcada y disfrutando brevísimamente pasar bajo el árbol que ha roto el concreto al lado de las escaleras de cuya puerta siempre sale una anciana con cara de pug. Toma un poco de gel intentando no estorbar el paso. Pasa la peluquería y atraviesa la calle justo antes de llegar a la casa del hombre solitario. Separa la carne de cerdo del espinazo y la deshebra con el cuchillo. Baja la pendiente y da vuelta en la calle cerrada de terracería donde se encuentra su casa. Abre la puerta a la calle, que es un camino adornado con un granado. Toma una cucharada con carne de cerdo, salsa de miltomate, y algo de arroz blanco para amortiguar la acidez. Mira la casucha del hombre solitario: un terreno semihundido con barda de lámina corrugada y oxidada, una casita de tabiques de cemento con techo de lámina, una hoja de lámina como puerta que se quita y se pone, un moño negro. El bocado le sabe a gloria. Abre su casa y pasa al jardín topándose con el resistente limonero ligeramente infestado de pulgones. Mira detenidamente el granado frente a la casa del vecino que golpeó a su mujer. Se quita los tenis de gamuza naranja. Sube las escaleras dando pasos firmes quizá como un soldado. Las hebras suaves de la carne de cerdo, la salsa, las pasas y el arroz conforman una isla sensorial contra el resto de la gente, que sólo le provoca ansiedad. Mira caminar a paso lento al hombre solitario y ligeramente encorvado por la edad con un tazón vacío en la mano. Contempla el jardín ornamentado con un caminito de pies de ladrillo gigantes que van de la puerta secundaria a la puerta principal. Sobre Alcutzingo, se cuida del perro que lo confunde con un perro cuando trae el cubrebocas en forma de un KN95 pero que es sólo de mezclilla oscura. Sube las escaleras. Lo intriga el herrero que siempre trabaja en el patio de la casa a la vista de todos. Le da una cucharada al consomé y sus ojos se encuentran intensamente con los del hombre solitario. En el jardín se deleita con prisa de esas plantas de hojas carnosas con florecitas rojas que siempre tienen abejas. Se quita los tenis, la camisa y el pantalón. Mira, detenidamente y sin aminorar el paso, el magnífico grafiti con un ogro cuyos ojos han sido rayados malintencionadamente con aerosol negro. Lo alegra ver las pasas en el enmiltomatado. Deja la propina. Se pone el pants para andar en la casa. Se quita los tenis, la camisa y el pantalón. Sube. Toma un poco de gel antes de salir. Sube. Las escaleras lo miran quitarse los zapatos.

23 de enero de 2014

“...'Cause it's the truth...”


Detenidamente miraba a su alrededor: las escaleras eléctricas, los aparadores, las luces. Sus ojos se detuvieron en un pequeño frasco, el cual tomó. Con un rostro ensimismado y encendido, levantó el brazo al frente y dijo “'Cause it's the truth”, presionando el botón durante medio segundo; entonces, corriendo como una caricatura altiva, atravesó el fragante rocío de Chanel N°5. Al detenerse, susurró: “...And yet, I don't wanna say ‘nude’... but... it's the truth...”.

18 de junio de 2013

La descomposición de los días


Ahic iva arreglando los días. Si el sol se rompe o la luna se funde, tinco en mi retentiva un reposto de tungsteno et un sol plus luminoso, et además azur. Cuando a alcún día le falta terminar, si comencia en m, simplemente le crito que termina en s, et entonces la terra tremola, se sacude et todos los volcanes sibilan debito a sus vapores, et el día finalmente tene fin. Quizá conjeturen que lo mesmo he de facer pro el lunes, el joves et el veneres, mas se equivocan: esos días tenen una ontología distinta: las cosas del mundo en esos días se comportan como un semirretículo superior con cotas superior et inferior (nada se crea de la nada et nada se converte en nada) et no como un anillo con divisores de cero.
     El martes antepasato, durante el día, el celo, que tenía un azur marítimo intenso, goteava, hasta que las nubes quedaron desolatas et comenciaron a graznar. Per supuesto tomé una cuba con el fin de guardar todo ese azur náutico et devolverlo a su lugar. Las nubes estavan que ni el plus oscuro vacío las aguantava: el plus oscuro vacío las desalojó de sí: ora no hablan con nadie et parece que tenen Aloysius: no reconocen a sus patres, et menos cuando son plus de tres, o, peor aún, cuando no los conocieron, lo cual es francamente prodigioso. El mercures pasato subí a la Montaña Que Crece Cuando Menos Se Espera pro devolver el azur del celo, que el celo es; era tan marítimo, que hasta se antojava pescar dentro. Per supuesto lo devolví, mas conservé una gota pro cuando quisera pescar ballenas necias, proque no hay mayor satisfacción que cuando una meta es de lo plus dura, ardua et dificultosa. Ese mesmo día, plus temprano (proque así lo decidí), todas las estellas, absolutamente todas, acabaron en el solo: cuando alco madura, esto semper ha de caer. Parecía que ardíamos en el inferno de alcún dios muy iracundo; despós unos minutos, sólo quedaron enanas blancas et unos cuantos agujeros negros, unos ben negros et otros ni tan agujeros. De pronto, brotaron estellas novas en la oscuritat de las alturas et unas cuantas en la nigritia de las bajuras. Esto semper es así. Las estellas de las bajuras semper se transforman en fatas, cuando se formula en el pensamento, como realitat, alcuna teoría infalsable que nuncuam se pone a proba per imposibilitat desirata per la razón.
     El joves et el veneres antepasatos (días en que nada se crea de la nada ni nada se converte en nada) fuimos al mundo de los hominios; sólo es posible en esos días, un estato de cosas en que existe la razón (mas no un estato que exista sin otra cosa plus). La razón també nos asiste los lunes, si los sábatos o los domincos (o los demás) no lo impiden: los días terminatos en o et los días en que nada se crea de la nada ni nada se converte en nada, son acérrimos enemicos.
     El vulcanes antepasato... Quisera siñalar que aquí no sólo hay septimanas, sino també octamanas, novamanas, decimanas... En general, $n$manas donde $n$ ad libitum. Las $n$manas plus anhelatas son aquellas en que $n$ es un negativo irrazional: se pode regresar a los momentos plus allegres et volverlos plus allegres totevía hasta la vesania plus insana. Las $i$manas tenen gran complexitat: queda uno dentro de sí mesmo; uno mesmo un dibuixo monumental delante de sí mesmo disminuitor; uno mesmo un castello oficial, súper una colina verde et sosa, delante de un camino sinuoso súper el que uno se encuentra pro realizar una misión; uno mesmo una araña inmensa que inminentemente se acerca a uno mesmo apocato et lleno de temor; uno mesmo una fémina voluptuosa que no dice no a uno, que quere apretujarla, saborearla et darle acogida con achuchón; uno mesmo multiplicato per mil, llenando salas enteras, donde abundan comidas copiosas et bebidas que empanzonan con desazón; uno mesmo un cubo, sólo un cubo, que se mira desde fora con estupor. Uno es imaginaria imaginación.
     De ahic que tenamos el saturnes, el soles, el vulcanes, el baces, el cúpido, el faunes, plutes, fornaxes, opis, volumna, invidies, estímules, manes, eventus, caca, vedioves, libitina, genius, ceres, cuba, noxes, indiges, líber, paces, morta, cunnus, trivia, nascio, lares, fides, dafnes, meliades, sagarítides, clímenes, leuces, néfeles, calipso... Realmente no quisera decirlos todos, proque, cuando llegamos a los irrazionales, son difíciles de nombrar.
     Como decía antes de los siñalamentos querendo ser explicativos (voluntariosos como yo mas razionales et razonables como alcunos de ustedes), el vulcanes pasato ordeñava una vaca que vola con dificultat, no proque no tena alas, sino proque, cata vez que lo face, el mundo queda de capeza; así que tuve que golpearla hasta que quedara desmayata: plus vale una vaca desmayata que un mundo boca abaxo, boca de la cual este no carece: tene unos fermosos dentes que a veces critan cosas ingeniosas; la boca no dice plus que estupideces, las cuales me ficeron perder la mente, que, pro el final del día, de poca ayuda resultaría, ya que se detuvo el tempo cuando anocteció.
     Ora me dedico a arreglar los días proque he perdito la habilitat de dar impronunciables nombres a mis hixos, a los de los demás et, súper todo, a los hixos que nadie tene. Fui yo el creador del famoso nombre Brfxxccxxmnpcccclllmmnprxvclmnckssqlbb11116, negato per la burocracia sueca. Estoy seguro que fue entonces que perdí mi tan afamata destreza, proque los parentes de ese niño eran seres de razón: hominios tenían que ser. Así que he decidito recuperarla; fice lo que nincún trasgu antes había fecho: el pasato lunes, día en que nada se crea de la nada ni nada se converte en nada, fui a la terra de los parentes suecos (al mundo de los seres de razón), mas no a esperar el martes et facerles alcuna granujería, sino a quitarles su razón. El mesmo día volvimos a mi terruño, no sin amenazarlos que si no me acompañavan, mataría a su preciato hixo llamato Albin mas de nombre A. Al día subsigüente, perdimos, en un agujero negro, al niño de tentativo nombre Brfxxccxxmnpcccclllmmnprxvclmnckssqlbb11116. Ya circa de mi casa, el patre, inconsolable, tomó, per el collo, a la fata que semper me visita, pro que les devolvera a su hixo, mas, ante tan absurda petición, ella sólo dixo: “$-\Phi$ será tu perdición et la destrucción de este mundo”. Atónito, el patre soltó a la povre fata, quin salió correndo como can apedreato. El hominio miró al celo cuando una gota azur enorme cayó de este et pintó su rostro, lo que tuvo como consequencia que vomitara dos ballenas que cuasi aplastavan a su esponsa. Deprimitos per su hixo, ficeron todo lo que les sollicité: no emitieron protesta alcuna cuando los encerré en el establo junto a los porcoborregos, a quines les gusta hablar de sus buclas et del color de estas: para ellos la racia es de gran importancia; hay tantas racias como gradaciones de color et ciñimentos de las buclas: una infinitat como números reales hay; fortunatamente nincuno es racista. Ese día la feminia aprendió a ordeñar a la vaca que vola: sólo había que explicarle a la vaca la Teoría General de la Relativitat. La feminia física tenía que ser. Al día subsigüente, fornaxes, el hominio, además de celebrar la Fornacalia, como chímico que era, compuso toda clase de chímicos pro converter su tristitia en allegresa. Despós alcunas horas logró su cometito: había encontrato un chímico que convertía la tristitia en meditación et la meditación en reposto de tungsteno et el reposto en lúmina focosa et finalmente esta en allegresa que durava dece secondos.
     Sigueron clímenes, leuces, caca, sagarítides, mercures, sábato et dominco, et la decimana terminó. Mas llegó la $-\Phi$mana (similar a una $-\pi$mana), entonces el hominio volvió al momento en que fue creato. Quiso volverlo plus allegre totevía et quedó rodeato de miles de feminias. Dios bramó: “insolente”, et el hominio quiso el momento plus allegre totevía: Dios fue fecho hominio et así se quedó et el hominio se fizo Dios et así permaneció. El hominio fecho Dios le prohibió a Dios fecho hominio todo arbro del paradiso. El hominio fecho Dios fizo a Dios hominio muto et, despojándolo de toda voluntat, le dixo: “Te has quedado sin representación del mundo; será más hábil que tú, cualquier rata dentro de un laberinto”, carcajéandose como un alienato.
     Yo volví al momento en que un hominio creava historias en su mente, mas quise facerlo plus allegre totevía et quedé fronte a Dios creando al hominio.
     Et la feminia terminó en el momento de su creación; mas lo quiso plus allegre totevía et tuvo un orgasmo colosal: todos los presentes, las otras feminias, Dios et yo, de espaldas fuimos a parar, et la feminia quiso el momento plus allegre totevía: mýstica se volvió.
     Mas el hominio fecho Dios estava insatisfecho: creó una infinitat de hominios a su imagen et similancia, en una gradación egual a los reales no negativos. El infortunato de similancia egual a cero mas de imagen egual a un millón era una planta carnívora con dos grandes radicas et dos fermosas ramas. El hominio quiso el amor de todos ellos mas sólo una cuantitat entera lo quiso de veritat. Encholerizato, consideró el conjuncto potencia del conjuncto de todos esos hominios, así que lo realizó diciéndole: “Tú eres el hombre ahora, hombre de conjuntos de hombres”, et lo bautizó como cuadrominio, mas no le agradó su aspecto et entonces lo pateó con una enorme gamba que flotava per los áeres. Finalmente critó: “Quiero estar solo”, creando, per todo nostro mundo, sumideros a la nada.
     Et ora estamos, gran consilio de seres del ánima, a pointo de la destrucción


Nota. Este relato aparece en la antología Hadas y duendes, una antología mexicana, cuyo editor me pidió que añadiera unas líneas para situar al lector, así que en la antología aparece un texto introductorio; sin embargo, no estoy de acuerdo con que hay que añadir un texto introductorio; por eso, aquí, en el blog, no lo añado. Por otro lado, no me lo pidieron para que el texto apareciera en la revista electrónica Luzzeta.
     Esta versión tiene, además, unos pequeños cambios; es decir, además de no tener el texto introductorio, tiene unas pequeñas diferencias con la versión en la antología. La del blog es exactamente la misma que la que aparece en Luzzeta.

9 de agosto de 2012

Sin rumbo (fragmento vi)


La conocí en el Espacio Escultórico; era de noche; yo estaba pacheco y caminaba por la maleza; mis amigos también caminaban por ahí, también pachecos. Me acerqué al cinturón de prismas triangulares, con cautela, porque vi una silueta recostada en el centro de la circunferencia, ahí donde es pura roca volcánica. La persona estaba acostada boca arriba, con las rodillas flexionadas y las manos en la nuca. Mientras me acercaba, por momentos pensaba que era uno de mis amigos, pero esa certeza iba y venía. Sin embargo, esa certidumbre me animó a hablarle, sin pensar mucho. Iba con alegría nerviosa hacia el centro: a lo mejor no era uno de mis amigos. Cuando estuve suficientemente cerca, me di cuenta de que era una mujer, y me detuve, pero ella volteó. Le dije: Hola, y se quedó mirándome. Después de unos segundos, eternizados por la pachequez, me dijo: ¿Algunas vez has escuchado el arpa del rey David? Le contesté, con los ojos bien abiertos y una sonrisa chiquita: Nooo. Definitivamente eso no lo vi venir. Entonces palmeó su mano derecha sobre la roca para que me sentara, y lo hice, y me pasó su audífono derecho para que escuchara. La música me hizo pensar en un atardecer en el desierto, imaginar que yo lo miraba desde el interior de una caverna, en cuclillas, con los brazos sobre las rodillas, pensando en lo acogedor que puede ser el universo, como una casota. Se volvió a mí y me preguntó: ¿Te gusta? Le contesté que sí con la cabeza. Cuando la música terminó, me dijo, mirando al cielo, con una voz interesante e intrigante: es Alèmu Aga, es etíope; sospecho que ha de ser Beta Israel; hay quienes los llaman falashas, pero los Beta Israel lo consideran peyorativo.

Sin rumbo (fragmento v)

3 de febrero de 2012

Hablar en cuarta, quinta, sexta persona


Estábamos Luis Rodrigo, Cuqui y yo en casa de José Luis comiendo tamales, por la Fiesta de la Candelaria, cuando José Luis nos dijo que Quijote, su gato, no se acercaba a su comida porque ya la había olido un gato. Y comenzó a explicarnos que los gatos suelen acercarse a oler la comida (me imagino que sobre las mesas) aunque no la coman y que hay personas a las que les desagrada que los gatos hagan eso con su comida (la de las personas, no la de los gatos); que así le pasa a Quijote: ya no se acerca a su comida porque él ya la ha olido. Entonces Cuqui replicó: “Entonces tu gato hace lo que tú: se piensa en tercera, cuarta, quinta persona”. Luis Rodrigo preguntó: “¿Cómo sería una cuarta persona?”, y continuó: “Estaría padre que hubiera tercera persona del plural para el caso en que uno se incluye y otra [también tercera] para el caso en que no”. Yo repliqué: “Es la primera persona del plural, y es que uno incluya o no a alguno de los interlocutores”. Dijo: “Sí, la primera”.
     La plática se desvió, no recuerdo hacia qué tema; sin embargo, yo me quedé pensando en cómo o qué o cuál podría ser la cuarta persona, así que aproveché cuando se hizo un silencio corto para decir cuál sería: “La cuarta persona sería la persona de la que hablaría un tercero [y que no estuviera presente]... Se haría añadiendo una terminación a la tercera persona, y se añadiría otra vez para la quinta, y otra vez para la sexta, y otra vez para la séptima, y así”. A lo que Luis Rodrigo rápidamente sugirió: “Elet”. Y continué: “Ajá, elet, eletet, eletetet, y así; para la cuarta, quinta, sexta persona, y así. Por ejemplo, ‘Él dijo que elet es...’”. E interrumpiéndome, más o menos retador, me preguntó: “¿Y cómo se conjugaría el verbo ser en la cuarta persona?”. Nos miramos todos, salvo Luis Rodrigo, haciéndonos cara de “nooo, se está complicando”. Y Luis Rodrigo sugirió: “Eset... Ah, y para la cuarta persona del plural Ellots sonet”. Y todos nos empezamos a reír. José Luis dijo que parecía catalán. Y seguimos: “Ellats sonet”. Pero entonces pregunté: “¿Y si hay dos cuartas personas?”. Me contesté: “Habría que utilizar algo como los subíndices”. Y José Luis gritó desde la cocina (porque se paraba, caminaba a la cocina y se regresaba a la mesa): “¡Con un prefijo!”. Sugerí: “Pro”, y luego Luis Rodrigo: “Proto... Ah, no”. Proseguí: “Sí... No, mejor como español: ono, doso, treso..: onoelet”. Luis Rodrigo dijo: “Mejor sec para el segundo”. Sugerí: “seco”. Asintió: “Se oye bien”. Y solté una frase: “Onoelet le platicaba a sequelet que eletet era... muy loco”. (Por supuesto, no conjugué correctamente, pues debí decir: “Onoelet le platicábat a sequelet que eletet ératet muy loco”). Y nos empezamos a reír. Entonces añadí: “Se entiende todo, ¿no? Porque si no, diríamos: ‘Él le platicaba a él que él estaba muy loco’. No se entiende nada”.
     Entonces cambiamos de tema otra vez. Pero luego de un buen rato de charla, me volví hacia Luis Rodrigo y le dije: “Creo que también habría que hacer pronombres de complemento directo, indirecto para las cuarta, quinta, sexta personas... Y así”.
     En algún momento durante la plática sobre las personas posterciarias, Luis Rodrigo dijo que en el idioma de los huicholes sólo se puede hablar de lo que uno ve o de lo que otro le ha contado a uno que ha visto, pero no más allá; pero empezó a dudar si se trataba de los huicholes. Yo le dije que así era el idioma de los pirahãs; en palabras de su estudioso, Daniel Everett: “[Their] Grammar and... are restricted to concrete, immediate experience (where an experience is immediate in Pirahã if it has been seen or recounted as seen by a person alive at the time of telling)...”.
     ...Ahora que lo pienso, se podría decir: “El primero le platicaba al segundo que un tercero era muy loco”. Sin embargo, no queda claro si el tercero estaba presente o no (aunque eso se puede arreglar con una cláusula: “...un tercero, quien no estaba presente”). Me gustan más los sufijos, y los prefijos también.

16 de enero de 2012

Cruzada acariana, un cuento navideño que no ganó


Hace dos meses más o menos, Ángel nos envió a Pedro, Ovidio, Manuel, Neftalí y a mí, un mensaje por correo electrónico en el que nos retaba a escribir un cuento para el XIV Concurso Internacional de Cuento Navideño, Súbito, Breve y Electrónico. De hecho, sus palabras exactas fueron “Los reto todos, maricas... Escribamos un cuento y vamos a chupar a la premiación”. Yo contesté que no concursaría por sensibilidad al rechazo. A lo que Ovidio contestó: “Hagamos algo, Quique. Tú lo escribes y lo mandas con mis datos. Para que me rechacen a mí y no a ti. Y si gana el texto, pasaré a recibir el premio y diré públicamente que es tuyo. ¿Cómo ves? Incluso podríamos escribir un cuento entre todos. (Para que no sintamos tan feo)”. A mí me pareció una buena idea, así que propuse que fuera por turnos de cinco palabras. Sin que yo lo esperara, Neftalí propuso el inicio de la historia: “...para festejar el pasado bimilenario de la revolución religiosa: un reloj de arenavidad que señala el fin del mundo libre”. Francamente me sentí emocionado de que alguien se animara a que colectivamente hiciéramos un cuento (aunque no hubiera sido un comienzo de cinco palabras); así que me animé a continuar. Inopidamente, Ángel añadió las suyas.

[Neftalí]...para festejar el pasado bimilenario de la revolución religiosa: un reloj de arenavidad que señala el fin del mundo libre. [Quique] Mientras Nicolás de Patara miraba los granos caer con vehemente atención y una sonrisa demencial, Arrio se alistaba a montar su caballo para poder hacer llegar lo más pronto posible, a todos los rincones del mundo, el mensaje de que Cristo no era Dios. [Angel] Debía hacerlo antes de que se agotara la arenavidad, pues de otra forma Nicolás ganaría la apuesta y con ella el derecho de decidir cómo destruirían el universo.

Me emocioné de que el cuento colectivo creciera, pues unas líneas de Pedro sucedieron a las de Ángel, hasta que llegaron las nuevas líneas de Neftalí.

[Neftalí]...para festejar el pasado bimilenario de la revolución religiosa: un reloj de arenavidad que señala el fin del mundo libre. [Quique] Mientras Nicolás de Patara miraba los granos caer con vehemente atención y una sonrisa demencial, Arrio se alistaba a montar su caballo para poder hacer llegar lo más pronto posible, a todos los rincones del mundo, el mensaje de que Cristo no era Dios. [Angel] Debía hacerlo antes de que se agotara la arenavidad, pues de otra forma Nicolás ganaría la apuesta y con ella el derecho de decidir cómo destruirían el universo. [Pedro] Nicolás quería que todo acabara en una fiesta de luces y fanfarrías tan escandalosas que incluso en el pasado se escucharían las colisiones de galaxias. Arrio, de naturaleza más tranquila y espiritual, buscaba un final limpio, implosivo, que llevara al Ser a un quietismo eterno y una armonía inmóvil. [Neftalí_2] Arrio llegó sobre su caballo Luzbelén al primer gran rincón del mundo: el mayor nodo de comunicaciones de todo un continente. Y comenzó su comunicación viral: El sur es el lado surdo, por eso el colibrí solar es el verdadero Dios. Huitzilo. He aquí el poder de su brazo crispado, ha renacido en un niño entre ustedes. Y entonces la gente vio como ahora cada segundo tuvo su larga noche y su pequeño día.

Así que externé mi inconformidad: “Creo que el cuento se nos está saliendo de las manos. Está perdiendo consistencie y coherencia: está Arrio, que afirma que Cristo no es Dios. También tenemos que el verdadero Dios es un colibrí solar, Huitzilo. Nicolás y Arrio hicieron una apuesta de cómo destruir el universo: tienen capacidades divinas. Así que tenemos cuatro dioses o cuatro personajes con capacidades divinas. Por otro lado, tenemos que el reloj de arenavidad señala el fin del mundo libre; por otro, no sólo será el fin del mundo libre, sino del mundo sin más, pues Nicolás y Arrio lo destruirán. Sugiero que decidamos dejar un solo Dios (a lo más dos, sin que la historia pierda consistencia o coherencia) y un solo fin del mundo (¿va a ser fin del mundo sin más o fin del mundo libre?). ¿Qué hacemos?”.
     También sugerí que cada quien explicara lo que tenía en mente para que el siguiente que añadiera algo, tuviera más o menos clara la idea del anterior y puediera añadir algo que no fuera en detrimento de la consistencia o coherencia de la historia. Así que le pregunté a Neftalí en qué estaba pensando cuando introdujo el término ‘arenavidad’, que qué era. Lueog le expliqué el porqué de mis líneas. Él me contestó que no le gustaría poner demasiadas referencias históricas, que porque el cuento perdería frescura, que porque él no era un académico: que todo lo sentía ajustado: “no me gusta porque no soy culto, jaja”. Además, dio una descripción de lo que posiblemente era la arenavidad. A mí me gustó mucho esa descripción y sugerí que se añadiera al cuento. También le respondí en lo que concernía a la aparente academicidad de mi referencia histórica: “la Wikipedia hace parecer culto a cualquiera”. Finalmente pregunté a los demás su opinión acerca de mis observaciones. Pedro externó sus pensamientos al respecto.

A ver. Yo creo que todo iba bien hasta, y no me lo tomes a mal Neftalí, que se metió la onda del dios huitzilo. Si se fijan, la estructura iba así:
  • Neftalí dio la imagen inicial.
  • Quique puso a los personajes.
  • Ángel describió el conflicto.
  • Yo propuse las líneas generales de los carácteres de los personajes.
  • Neftalí puso la primera acción: la llegada al nodo de comunicaciones.
     Hasta ahí, el cuento pinta chido. Me gusta la parte de Neftalí de que Arrio llega con Luzbelén y al nodo de comunicaciones.
     De este punto, es sólo cuestión de volver a agarrar situación y conflicto. Llega Arrio a Luzbelén, ¿a qué? A decir que Cristo no es Dios. Pero ¿de qué manera influye eso en su apuesta? ¿por qué habría de decirles a los hombres ese mensaje?
     Otra cosa, mejor modificar lo del mundo libre y que sea simplemente la destrucción del universo.
     Sin dejar la espontaneidad de la creación colectiva y sin llegar a querer mezclar cuentos que cada uno tiene pensados ya completos, hay que tratar de agarrar el hilo de lo que dijo el anterior y no dispararlo de más.

Y ¡bolas: Pedro le quitó un cacho a las líneas de Neftalí! Además, añadió unas líneas suyas.

[Neftalí]...para festejar el pasado bimilenario de la revolución religiosa: un reloj de arenavidad que señala el fin del mundo libre. [Quique] Mientras Nicolás de Patara miraba los granos caer con vehemente atención y una sonrisa demencial, Arrio se alistaba a montar su caballo para poder hacer llegar lo más pronto posible, a todos los rincones del mundo, el mensaje de que Cristo no era Dios. [Angel] Debía hacerlo antes de que se agotara la arenavidad, pues de otra forma Nicolás ganaría la apuesta y con ella el derecho de decidir cómo destruirían el universo. [Pedro] Nicolás quería que todo acabara en una fiesta de luces y fanfarrias tan escandalosas que incluso en el pasado se escucharían las colisiones de galaxias. Arrio, de naturaleza más tranquila y espiritual, buscaba un final limpio, implosivo, que llevara al Ser a un quietismo eterno y una armonía inmóvil. [Neftalí_2] Arrio llegó sobre su caballo Luzbelén al primer gran rincón del mundo: el mayor nodo de comunicaciones de todo un continente. [Pedro_2] Si acaso pudiera esparcir su mensaje antes del 24 de diciembre, según el calendario humano occidental, los planes de Nicolás de perturbar el equilibrio cósmico se verían frustrados, puesto que, al no ser Cristo Dios, nadie querría seguir a ese nazareno de pelo largo en sus ataques terroristas a todas las instituciones (el banco extramundano, el fondo monetario intergaláctico y la organización de los noúmenos unidos).

En fin, luego Ángel añadió las suyas, después de lo cual expresó su sorpresa, ya que el cuento crecía, parecía seguir con vida: “¡¡¡No mames!!!! ¡¡¡¡Ya escribí yo también!!!!: el cuento sigue”.
     Pero Neftalí se quejó con Pedro, que porque le tocó su partecita, que había sido un chingo, que su partecita, que había sido un chingo... En fin.
     Entonces sugerí que cada turno consistiera en añadir una nueva línea y en editar el texto entero, como si cada quien fuera quien generara el texto entero. Así que añadí y edité; Pedro ya lo había hecho. Pensé que todo resulataría sin consecuencias. Pero no. Todos se quejaron: Pedro se sintió como portero inglés: porque se sintió embaucado por la mano invisible; Ángel sintió que dejé muy cortas sus líneas, etcétera, etcétera... Qué caray. A pesar de todo, defendí mi sugestión (y con eso los cambios que había hecho), nadie la suscribió. Volví a defenderla, igual respuesta.
     Todo quedó en que añadiéramos líneas y líneas, que al final editáramos todos juntos. Así que continúamos: añadíamos líneas tras líneas, hasta que recordé que había un límite para el número de caracteres o el número de cuartillas. Nos pasamos, en ambas cosas. Así que sugerí que cada quien editara lo que teníamos, que todas las versiones se sometieran a votación para elegir cuál sería aquella que concursaría. Hice mi versión. Nadie más hizo la suya. Así que enviamos mi versión. No ganamos. Esta fue la versión. Los autores: Pedro Acuña, Enrique Ángel González Cuevas, Neftalí Báez y yo. Los hermanos Ríos no se animaron en esta cruzada.


Cruzada acariana

Para festejar el pasado bimilenario de la revolución religiosa, un reloj de arenavidad señalaría el fin del universo (diminutos ácaros de arenieve que peleaban entre sí: los muertos en la trifulca caían al fondo del reloj; ese era el tiempo: aquel que le tomaba a un acarito matar a otro acarito, distraído en matar a otro, este ocupado en matar a otro, este enajenado en matar a otro, este imaginando matar a otro, este catatónico, el enésimo intentando matar al primero...). Mientras Nicolás de Patara miraba, con vehemente atención y sonrisa demencial, los gránulos acarianos caer, Arrio se alistaba a montar su caballo para hacer llegar lo más pronto posible, a todos los rincones del mundo, el mensaje de que Cristo no era Dios. Cuando la arenavidad se agotara, todo acabaría en una fiesta de luces y fanfarrias noumeicas.
     Arrio llegó sobre su caballo Luzbelén al mayor nodo de comunicaciones de todo el planeta. Si Cristo no era Dios, los planes de Nicolás de terminar el cosmos en una fiesta colosal se verían frustrados, ya que entonces la organización de los noúmenos unidos jamás podría ser enlazada para desencadenar las fanfarrias bullangueras. Desde el gran nodo, Arrio mandó una epístola electrónica ecuménica. El mensaje era claro: “Cristo no es Dios. Los noúmenos son inalcanzables”.
     Los insurgentes arrianistas, que eran pocos, planeaban atacar la base de los nicolasistas, donde se encontraba aquel reloj estentorogénico. Nicolás bailaba en trance a fin de ver las cosas en sí, ahí donde mora Cristo, en fiesta permanente, gozo infinito, charanga apoteósica. Nicolás bien sabía de la carta: tenía espías por todo el orbe. Mientras bailaba para llegar a los noúmenos, ordenó a sus espías detener, mediante cualquier medida necesaria, los avances de la epístola arriana, la cual se encontraba saliendo, apenas unos milisegundos, de la primera etapa de procesamiento y comunicación.
     Arrio se percató del primer enemigo contra su empresa: un interferente se trasladaba hacia él con rapidez formidable por la zona psíquica del universo. El espíritu de Arrio lo percibió de la forma en que sería más fácil combatirlo: lo vio como una quimera cinocefálica: la cabeza era completamente canina, el cuerpo era alargado y con aletas de pez, las patas y fuerza eran las de un toro cebado. Arrio se abalanzó sobre él; después de todo, esperaba dificultades en su misión; así que sacó una de sus armas más espirituales: suspendido en todo lo alto, con una psica larguísima y de una brillantez relampaguina, lanzó un corte diagonal. El interferente contuvo la hoja con su cola incorpórea acerada, girando rápidamente, dos veces. En el segundo giro, la cola golpeó la muñeca anímica de Arrio, lo que lo hizo perder la psica; así que, recuperando su psica al lanzarse sobre ella, desdobló su ánima 384 veces: un corro de 385 Arrios rodeó al interferente; uno de los Arrios se elevó cientos de metros encima de este; enseguida, más abajo, 4, luego 9, 16, 25, 36, 49, 64, 81, 100, formando una perfecta pirámide cuadrada. En tan solo un nanosegundo la pirámide quedó configurada. Trescientas ochenta y cinco psicas arremetieron contra el interferente. Y otra vez y otra vez y otra vez: 385 veces. El interferente sucumbió: la cabeza canina babeaba a mares y jadeaba fuertemente; el tronco escamado se convulsionaba de pronto; la cola estaba desprendida: yacía sobre el piso como una bolita de papel. Antes de volverse a unir, los 385 Arrios mandaron la misma epístola a cuantos seres pudieron, de tal forma que, aunque Nicolás lograra detener la carta de un Arrio, 384 más siguieran su trayecto.
     Pero Nicolás tenía otros recursos para detenerla, algunos ya los utilizaba; quizá Arrio ya los combatía sin aún verse reflejados en su conciencia material. Sin embargo, algunos habitantes del mundo ya recibían la misiva: Ama de Hogar corrió a releer su biblia, luego buscó una cajita bajo su cama, extrajo un juego de navajas pequeñas, como si fueran una réplica en miniatura para niños; comenzó con una caricia sobre su muslo derecho. Xiudadano_5 no podía creer que recibiera un mensaje tan a su manera de pensar: le pareció un reflejo de su pensamiento, pero venido de otro lugar, como si su conciencia estuviera uniforme y radialmente distribuida. Se sintió un dios hibernado que recobraba conciencia de su divinidad. Salió al mercado con una bomba casera bajo el brazo. Materialista Gris tomó un sorbo de vino, pensando en la transubstanciación de él mismo en Cristo y luego Dios. Salió gritando a las calles que él era el Hijo de Dios.
     La primera parte del plan arriano se había completado: el mensaje se esparcía virulentamente y se modificaba, tomaba vida propia; en el fondo, era el mismo: Cristo no es Dios. Convocó a dieciséis de sus más fieles hombres y se dirigió a toda prisa a la fortaleza patarense, esperando que ninguno quedara en la fe más que Nicolás. Sin embargo, al llegar, Arrio vio con vértigo, como a Nicolás lo acompañaban millones de seguidores, los cuales voluntariamente habían ofrendado su cordura a Nicolás, para no escuchar dentro de sus mentes el penetrante mensaje arriano. Los fieles de Arrio se multiplicaron por millones, y con un grito desaforado se lanzaron a la batalla... Sólo era cuestión de tiempo saber quién ganaría, el tiempo que le tomaba a cada fiel matar a otro fiel, distraído en matar a otro, este ocupado en matar a otro, este enajenado en matar a otro, este imaginando matar a otro, este catatónico, el enésimo intentando matar al primero...

Nota. Volvimos a concursar con este cuento. Yo creo que no ganamos otra vez: supuestamente era un concurso para seleccionr unos cuentos para una antología; supuestamente nos iban a avisar si quedaba o no entre los seleccionados; nunca nos enviaron mensaje alguno para avisarnos si sí o no. Cuando lo metimos al primer concurso era un solo párrafo. Para el segundo lo dividí en varios, como aquí arriba.

7 de junio de 2011

Un conte massouto


Si vous aimez la littérature fantastique, ceci est pour vous. Je veux partager avec vous un conte massouto (un conte des bassouto, aussi nommés basotho, en pluriel, et massouto ou mosotho en singulier) que j'ai rencontré dans Anthologie nègre de Blaise Cendrars. Quand je l'ai lu, il m'a rappelé les contes de Les Mille et Une Nuits; c'est-à-dire, il me semble que c'est un conte du merveilleux, selon le classement de Tzvetan Todorov
Voici le conte:
MOSÉLANTJA

     Il y avait une fois un chef; son village était très grand, mais il n'avait que trois enfants: un fils et deux filles. L'aînée des filles se marie; il ne reste à la maison que la cadette Fényafényané et son petit frère. Une année, comme on travaillait aux champs, le petit garçon restait seul à la maison, et s'en allait jouer au bord de la rivière et criait: «Koyoko, dépêche-toi, viens me manger!» Koyoko sortait de l'eau et venait le poursuivre, et vite, vite le petit garçon de se précipiter dans la hutte. C'était là son jeu de chaque jour. Une foi, tout le monde était parti pour aller bêcher le champ du chef. Le petit garçon va à la rivière selon son habitude et se met à crier: «Koyoko, dépêche-toi, viens me manger!» Cette fois Koyoko sort de l'eau avec rapidité et s'empare du petit garçon; il le dévore tout entier et ne laisse que la tête.
     Cependant la mère du petit garçon dit à sa fille: «Va bien vite à la maison chercher de la semence.» La jeune fille, en arrivant au village, découvre la tête de son petit frère. Alors elle s'écrie en pleurant: «Hélas! Mon petit frère a été dévoré par Koyoko.» Elle monte sur une petite éminence et appelle sa mère à haute voix en chantant ainsi:

Mère, mère, toi qui travailles au loin (bis),
Mon frère Solo a été dévoré par Koyoko; mère, mère,
[toi qui travailles au loin (bis),

Solo, le fils de ma mère, a été dévoré par Koyoko;
[mère, mère, toi qui travailles au loin (bis),

Mon frère Solo a été dévoré par Koyoko; mère, mère,
[toi qui travailles au loin (bis).

     Sa mère l'entend chanter et dit à ceux qui travaillent avec elle: «Taisez-vous, que je puisse entendre.» Ils déposent leurs houes et s'arrêtent. La jeune fille se remet à chanter:

Mère, mère, toi qui travailles au loin (bis),
Mon frère Solo a été dévoré par Koyoko; mère, mère,
[toi qui travailles au loin (bis),

Solo, le fils de ma mère, a été dévoré par Koyoko;
[mère, mère, toi qui travailles au loin (bis),

Mon frère Solo a été dévoré par Koyoko; mère, mère,
[toi qui travailles au loin (bis).

     Alors la femme prend sa houe, en frappe tous ses compagnons et les étend raides morts. La jeune fille continue à chanter:

Mère, mère, toi qui travailles au loin (bis),
Mon frère Solo a été dévoré par Koyoko; mère, mère,
[toi qui travailles au loin (bis),

Solo, le fils de ma mère, a été dévoré par Koyoko;
[mère, mère, toi qui travailles au loin (bis),

Mon frère Solo a été dévoré par Koyoko; mère, mère,
[toi qui travailles au loin (bis).

     Alors sa mère recommence à frapper avec sa houe les corps de ses compagnons; il n'en reste pas un de vivant. Puis elle part et retourne au village; tout en marchant elle ramasse des scorpions, des mille-pattes, des perce-oreilles, des fourmis et des araignées venimeuses et les met dans son sac. Quand elle arrive chez elle, elle y trouve Koyoko si repu qu'il ne peut plus bouger. Elle place devant sa hutte le sac qu'elle a rempli de scorpions et d'insectes venimeux; puis elle entre et se met à chercher dans ses effets; elle rassemble ses plus beaux colliers de perles et ses anneaux de métal et les place à côté. Puis elle sort de la hutte, rassemble de l'herbe desséchée, en fait de grandes bottes qu'elle lie avec des cordes d'herbes et les entasse contre les murs de la hutte.
     Alors elle dit à Koyoko: «Viens ici, que je te rase la tête.» Quand Koyoko s'est approché, elle prend une lancette et se met à lui déchirer les chairs de la tête; puis elle délie son sac. Les scorpions et les insectes venimeux en sortent par paquets et entrent dans les oreilles, la bouche et les yeux de Koyoko, qu'ils mordent et piquent jusqu'à ce qu'il en meurt.
     Alors elle appelle sa fille et lui dit: «Viens ici.» Elle prend ses colliers de perles et ses anneaux de métal et l'en pare; puis elle lui dit: «Maintenat, mon enfant, pars et va chez ta sœur Hlakatsabalé, femme de Masilo; surtout garde-toi bien de regarder derrière toi; quoi qu'il arrive, poursuis ta route et marche toujours devant toi.» La jeuen fille part et marche longtemps, bien longtemps. Alors elle se dit: «Je voudrais bien savoir pourquoi ma mère m'a défendu de regarder derrière moi»; il faut que je voie ce que c'est. Peut-être qu'elle veut mettre le feu à la hutte et y périr.» Elle se retourne et voit une grande fummée qui monte au ciel; alors elle s'écrie: «Hélas! ma mère a mis le feu à sa hutte et se brûle toute vive.» Elle entend tout près d'elle une voix répéter: «Hélas! ma mère a mis le feu à sa hutte et se brûle toute vive.» Elle regarde et voit un animal étrange; elle se demande tout étonnée: D'où cet animal peut-il bien sortir?» La voix reprend: «Prête-moi un peu tes colliers de perles et tes habits, que je voie comme il me vont.» Alors la jeune fille se dépouille de ses vêtements et les donne à Mosélantja. Mosélantja les revêt et donne à la jeune fille les haillons dont elle est recouverte.
     Quand elle sont près du village, la jeune fille dit: «Maintenant, rends-moi mes habits. — Pas encore! je te les rendrai au pâturage des bestiaux.» Quand elle arrivent là où le bétail paît, la jeune fille reprend: «Donne-moi maintenant mes habits. — Ouais! veux-tu donc qu'on dise que les femmes de Masilo se disputent pour rien au milieu de la route!» Elles arrivent ainsi chez Hlakatsabalé, la sœur aînée de Fényafényané. Mosélantja se hâte de dire (Fényafényané, elle se tait, toute honteuse): «Ma mère m'a dit de venir chez toi; notre frère a été dévoré par Koyoko, et ma mère a mis le feu à sa hutte et s'y est brûlée.» Hlakatsabalé se dit: «Qui est-ce qui a pu changer ainsi ma sœur? Je ne la reconnais plus et cependant ses vêtements et ses ornements sont bien ceux de chez nous.» Elle finit cependant par se persuader que c'est bien là sa sœur. Mosélantja reprend en désignant Fényafényané: «Quant à cet être-là, c'est Mosélantja; je l'ai reconcontrée sur la route et elle voulait absolument que je me dépouille de mes beaux habits pour les lui donner.»
     C'est ainsi que Mosélantja se fit passer pour Fényafényané.
     Le soir, Hlakatsabalé dit à Fényafényané d'aller coucher dans la hutte d'une vieille femme et garde Mosélantja auprès d'elle. Mais, pendant la nuit, la queue de Mosélantja s'allonge et va chercher, dans tous les coins de la hutte, les vivres qui y sont rassemblés. Masilo s'écrie: «Qu'est-ce?» Vite Mosélantja de s'écrier: «Masilo, aide-moi, j'ai de fortes coliques, je souffre cruellement.» Le lendemain, dès qu'il fait jour, Masilo s'écrie: «Oh! oh! qui a pris toute notre nourriture? Qui a pu faire cela?» Mosélantja répond: «C'est sans doute l'autre: c'est une voleuse, elle vole partout.» Quand on se met à manger, on donne à Fényafényané sa nourriture dans une écuelle ébréchée si sale qu'elle ne peut y toucher; quant à Mosélantja, elle mange dans un beau vase tout neuf.
     Le printemps s'écoule; on sarcle les champs; puis arrive le moment de chasser les oiseaux. Hlakatsabalé ordonne alors à sa sœur, qu'elle croit toujours être Mosélantja, d'aller à son champ pour chasser les oiseaux. Ce champ était contigu au champ de la vieille femme qui avait recueilli Fényafényané. Au milieu du jour, Hlakatsabalé envoie Mosélantja porter de la nourriture à Fényafényané, mais Mosélantja mange tout en route. Quand elle arrive au champ où se tient Fényafényané, elle lui dit: «Qu'as-tu donc à dormir ainsi, paresseuse que tu es; ne vois-tu pas que les oiseaux mangent le sorgho de mon mari, le sorgho de Masilo?» Quand Mosélantja est partie, Fényafényané remonte sur son tas de mottes, qui est tout près de celui sur lequel se tient la vieille femme qui l'a recueillie. Elle se dresse de toute sa hauteur et se met à chanter:

Va-t'en, colombe! va-t'en, colombe!
Aujourd'hui, on m'appelle Mosélantja; va-t'en,

[colombe; va-t'en, colombe!

Auparavant, j'étais Fényafényané, la sœur de Hlakat-
[sabalé, va-t'en, colombe; va-t'en, colombe!

Aujourd'hui, on me donne à manger dans des écuelles
[sales, va-t'en, colombe; va-t'en, colombe!

Roseau, envole-toi, que je m'en aille vers mon père
[et ma mère!

     Alors le roseau la prend et la soulève pour l'emporter dans les airs. Mais la vieille femme accourt et se saisit d'elle. Fényafényané lui di: «Laisse-moi seulement m'en aller vers mon père et ma mère. Ne vois-tu pas qu'aujourd'hui j'en suis réduite à manger ma nourriture dans des écuelles sales et ébréchées? C'est comme si Hlakatsabalé n'était pas ma sœur.» C'est alors qu'elle découvre à la vieille femme qui elle est; elle lui dit: «Chez nous, un jour, tout le monde était aux champs; mon petit frère alla à la rivière taquiner Koyoko, qui en sortit et le dévora. Alors ma mère me dit de venir ici et me recommanda fortement de ne pas regarder derrière moi. Mais je me suis retournée pour voir ce qui arrivait et à peine m'étais-je écriée: «Hélas! ma mère a mis le feu à sa hutte et s'y brûle toute vive», que j'entendis tout près de moi, à mes pieds, Mosélantja s'écrier: «Hélas! ma mère a mis le feu à sa hutte et s'y brûle toute vive.» Puis Mosélantja m'a demandé de lui prêter mes vêtements, et j'y ai consenti, parce qu'elle me disait qu'elle allait me les rendre. C'est ainsi que nous sommes arrivées ici; elle s'est fait passer pour moi et c'est elle qui a raconté que ma mère s'était brûlée dans sa hutte.»
     La vieille lui demande: «Comment donc est-ce que ta sœur ne voit pas à ta figure que tu es sa sœur?» Fényafényané répond: « Je ne se sais pas.» La vieille ne lui répond pas; elle va chercher sa nourriture et la partage avec Fényafényané. Ce jour-là la vieille ne dit rien ni à Masilo ni à Hlakatsabalé; elle ne parle à personne de ce qu'elle a vu et entendu.
     Le soir, comme d'habitude, on donne à Fényafényané sa nourriture dans une vieille écuelle sale et ébréchée; mais elle n'y touche pas. Chez Masilo on avait tué un bœuf et on en avait cuit les viandes. Pendant la nuit, la queue de Mosélantja s'allonge et se met à manger toutes les viandes. Masilo l'entend et dit: «Qui est-ce qui fait ainsi ce bruit dans les pots de viande?» Il se lève pour aller voir, mais vite Mosélantja de s'écrier: «Masilo, aide-moi, j'ai de fortes coliques; aide-moi, Masilo, je n'en puis plus.»
     Le lendemain, Fényafényané retourne au champ de sa sœur; cette fois-ci, c'est sa sœur Hlakatsabalé, qui lui apporte sa nourriture; elle la lui donne, comme toujours, dans une vieille écuelle sale et ébréchée. Fényafényané la met de côté sans y toucher; la vieille femme ne disait toujours rien. Quand Hlakatsabalé s'est éloignée, Fényafényané monte sur son tas de mottes et, s'y dressant de toute sa hauteur, se met à chanter:

Va-t'en, colombe! va-t'en, colombe!
Aujourd'hui, on m'appelle Mosélantja; va-t'en,

[colombe; va-t'en, colombe!

Auparavant, j'étais Fényafényané, la sœur de Hlakat-
[sabalé, va-t'en, colombe; va-t'en, colombe!

Aujourd'hui, on me donne à manger dans des écuelles
[sales, va-t'en, colombe; va-t'en, colombe!

Roseau, envole-toi, que je m'en aille vers mon père
[et ma mère!

     Alors le roseau s'agite, la prend et la soulèe pour l'emporter dans les airs. Mais la vieille femme accourt et se saisit d'elle. Fényafényané lui dit: «Laisse-moi seulement m'en aller vers mon père et ma mère.»
     Le soir de ce jour-là, la vieille femme se rend chez Masilo et lui dit: «Demain, va aux champs, et tu y verras ce que j'ai vu hier.» Masilo lui demande: «Qu'est-ce que c'est?» La vieille répond: «Tu verras toi-même ce que c'est?» Le lendemain, Masilo va aux champs en secret et se cache là où la vieille lui avait dit de le faire. Hlakatsabalé envoie de nouveau Mosélantja porter de la nourriture à Fényafényané; mais Mosélantja s'assoit au bord de la route et mange tout ce qu'on lui a donné. Quand elle arrive vers Fényafényané, elle lui dit: «Paresseuse que tu es, qu'as-tu donc à dormir? Ne vois-tu pas que les oiseaux mangent tout le sorgho de mon mari?» Puis elle retourne au village.
     Alors la vieille femme dit à Fényafényané: «Ne vois-tu pas les colombes là-bas dans ton champ! Va les chasser.» Fényafényané y va, monte sur son tas de mottes et, s'y dressant de toute sa hauteur, se met à chanter:

Va-t'en, colombe! va-t'en, colombe!
Aujourd'hui, on m'appelle Mosélantja; va-t'en,

[colombe; va-t'en, colombe!

Auparavant, j'étais Fényafényané, la sœur de Hlakat-
[sabalé, va-t'en, colombe; va-t'en, colombe!

Aujourd'hui, on me donne à manger dans des écuelles
[sales, va-t'en, colombe; va-t'en, colombe!

Roseau, envole-toi, que je m'en aille vers mon père
[et ma mère!

     Le roseau s'agite avec bruit et la soulève pour l'emporter dans les airs. Masilo accourt et se saisit d'elle. Fényafényané lui dit: «Laisse-moi seulement m'en aller vers mon père et ma mère. Ta femme m'a traitée fort mal, bien qu'elle soit ma sœur, et que je me fusse réfugiée chez elle.» Alors la vieille femme dit à Masilo: «Tu vois bien, Masilo; voilà ce que je te disais de venir voir ici.» Masilo rest longtemps avec Fényafényané; ils restent longtemps à pleurer ensemble. Puis il remonte au village et raconte tout à sa femme. Celle-ci s'écrie: «Hélas! ma pauvre sœur! hélas! fille de mon père!»
     Le lendemain, Masilo fait dire à tous ses gens d'aller rassembler beaucoup de bois, pendant que d'autres creuseraient un trou profond. On abat du bétail, des moutons et des chèvres, on cuit du pain, de la bouillie de sorgho au lait, on fait frire des croûtes de pains dans la graisse; on prépare une grande fête. On apporte aussi une grande quantité de pots de lait caillé; on les dépose au fond du trou qui est creusé, puis on les recouvre de tiges de maïs et de branchages légers. Pendant ce temps, les jeunes femmes du village rassemblent du bois dans la forêt. Mosélantja, elle, ne fait rien; elle se tient accroupie près du ruisseau, où sa queue fait las chasse aux crabes qu'elle dévore avidement. Quand les jeunes femmes ont fini, elles disent: «Retournons au village.» Une d'elles demande: «Où est la femme du chef? Où est la femme de Masilo?» Elles portaient chacune une botte de branches sèches; celle de Fényafényané était plus grande que celles de ses compagnes. Quand Mosélantja les voit venir, elle se hâte de rassembler quelques pousses vertes et en fait une botte; puis elle dit à Fényafényané: «Mosélantja, tu as pris ma botte de branchages; rends-la-moi.» Mais les autres femmes s'écrient: «Que dis-tu là? C'est la sienne, c'est elle qui l'a rassemblée; quant à toi, où donc te cachais-tu pendant que nous travaillions? Allons au village.»
     Lorsqu'elles approchent du village, les gens se disent les uns aux autres: «Voyez-vous la femme du chef qui n'apporte que des branches vertes? Que veut-elle faire?»
     Alors Masilo dit à toutes les femmes: «Sautez toutes par-dessus ce trou:.» Il leur montre le trou profond au fond duquel on a caché le lait caillé. Elles sautent toutes les unes après les autres, et Fényafényané saute comme elles. Quand c'est le tour de la femme du chef et qu'elle veut sauter, sa queue s'allonge du côté du lait caillé et se met à manger; alors Mosélantja tombe au fond du trou. Les gens du chef arrivent en courant: ils la cernent de tous côtés et la tuent sur place.
     Mais elle ne meurt pas tout entière; à l'endroit où elle a été tuée, il croît une citrouille sauvage. Quant à Fényafényané elle devient la femme de Masilo; au bout d'un certain temps elle met au monde un enfant. Un jour, comme tout le monde est aux champs et que Fényafényané reste seule au logis, cette citrouille sauvage se détache de sa tige et vient en roulant vers la hutte de Fényafényané. Tout en roulant, elle disait: «Pi-ti-ki, pi-ti-ki, nous man-ge-rons la bouil-lie, de la gras-se ac-cou-chée, la fem-me de Ma-si-lo!» Quand elle est arrivée vers Fényafényané, la citrouille lui dit: «Dépose à mon côté l'enfant de mon mari.» Fényafényané pose l'enfant à terre; alors la citrouille s'élance avec furie sur Fényafényané et la bat, la bat longtemps. Quand elle a fini de la battre, la citrouille retourne à l'endroit d'où elle est venue et se replace sur sa tige.
     Fényafényané ne dit rien à personne de ce qui lui est arrivé. Le lendemain, comme tout le monde est aux champs, la citrouille se met de nouveau à rouler du côté de la hutte de Fényafényané; tout en roulant, elle disait: «Pi-ti-ki, pi-ti-ki, nous man-ge-rons la bouil-lie, de la gras-se ac-cou-chée, la fem-me de Ma-si-lo!» Elle dit à Fényafényané: «Dépose à mon côté l'enfant de mon mari.» Puis elle se jette sur Fényafényané et la bat, la bat longtemps; quand elle a fini de la battre elle s'en va comme la veille. La citrouille persécute ainsi Fényafényané tous les jours, sans lui laisser de repos.
    Enfin, un jour, Masilo demande à sa femme: « Qu'as-tu donc qui te fasse tant maigrir?» Fényafényané lui répond: «Il y a là-bas une citrouille sauvage, qui, lorsque vous êtes aux champs, vient vers moi en me disant: «Pi-ti-ki, pi-ti-ki, nous man-ge-rons la bouil-lie, de la gras-se ac-cou-chée, la fem-me de Ma-si-lo!» Puis elle me dit: «Dépose à mon côté l'enfant de mon mari.» Alors elle se jette sur moi et me bat avec furie.»
    Le lendemain, Masilo ne va pas aux champs; mais quand tout le monde est parti, il dit à sa femme de le cacher dans les nattes de son enfant. La citrouille vient comme d'habitude, en disant: «Pi-ti-ki, pi-ti-ki, nous man-ge-rons la bouil-lie, de la gras-se ac-cou-chée, la fem-me de Ma-si-lo!» Puis, quand Fényafényané a déposé son enfant à terre, la citrouille se précipite sur elle et se met à la frapper avec rage. Alors Masilo s'élance de sa cachette, armé d'une hache et d'une assagaie. Il transperce cette citrouille d'un coup d'assagaie, un flot de sang en sort. Puis il la prend, la porte devant la hutte et la coupe en menus morceaux, qu'il brûle ensuite aussi soigneusement que possible.
    Une plante de chardon croît à l'endroit où la citrouille a été brûlée. Le chardon grandit, sans que personne n'y prenne garde, et finit par monter en graine. Ces graines font mal à l'enfant; chaque fois qu'il court dehors elles lui piquent les pieds. On a beau leur faire la chasse, il en reste toujours une qu'on ne peut attraper. Enfin, Masilo se met en embuscade et réussit à la prendre, il la pile et la jette au feu; mais elle devient graine de citrouille. Quand l'enfant dort, elle se jette sur lui et le mord, puis retourne se cacher dans les roseaux de la hutte. Enfin Masilo réussit à s'emparer de cette graine de citrouille; il l'écrase soigneusement sur une pierre de meule, la réudit en poudre menue et la jette au feu. C'est ainsi que finit Mosélantja.

4 de junio de 2011

Por un pelo de rana calva (fragmento)


Daniel está sentado en su escritorio y desde esta distancia se ve muy pequeño. Parece que teclea una historia que se le dificulta sobremanera. Se toma el cabello y se rasca la barbilla, tupida de un vello que le crece en este momento pero que aún no llega a estorbar su teclado. Su cabello ondula cada vez que él escribe; seguramente es indicio de pensamiento verbal en actividad. Ahora la ventana amplía su abertura, vertical y horizontalmente. Puedo ver, desde aquí, el muro frente a Daniel, que, cuando abandona el teclado, le gesticula a regañadientes. El muro se contorsiona y reblandece cambiando su superficie de forma y color (en colores). Desde el muro, un hombre resuelto seguido de uno irresuelto se aproxima a su escritorio con intrigante lentitud. El resuelto golpea sobre este, el irresuelto mira calladamente hacia el piso. Desde el muro, una mujer voluptuosa seguida de una que ningún deseo produce se acerca balanceando las caderas, las cuales son seguidas por todos los hombres presentes: los ojos de todos cambian de dirección con una celeridad que los músculos oculares de Daniel no resisten bien, de modo que pierde un ojo que va a parar hasta un camello que bebe tranquilamente en un oasis dentro de la pared. El resuelto le toma la mano a la voluptuosa, luego la cintura y le dice: “Estás bien sabrosa”. El irresuelto mira con timidez a la otra, que se le acerca y pregunta su nombre. Ella adivina que se llama Rodrigo porque desde que nació ha sido clarividente. El resuelto aprieta sus labios contra los de la buenota, que, en respuesta, se retuerce y gime como un jorobado bactriano. Desde el muro, otro camello, con las jorobas desinfladas, corre en dirección a la voluptuosa, con tanta prisa y alevosía, que Daniel se levanta del escritorio para no ser embestido por ese energúmeno animal cuyas patas se clavan en el piso como en la arena del Sahara. El camello que bebe tranquilamente mira a ese camello con una curiosidad que lo impulsa a abandonar el oasis y a correr de la misma manera desesperada. Otro camello todavía más desesperado que aparece desde la lejanía se aproxima, con los ojos llenos de lágrimas, a gran velocidad. Otro camello más desesperado que el lacrimoso corre todavía más rápido, como un proyectil. El irresuelto, que sigue pensando en cómo decir su nombre a la mujer que ningún deseo produce, levanta la mirada para asegurarse del estado de ánimo de la mujer y poder determinar con toda certeza si le conviene decir su nombre en tal situación; pero se percata de los camellos que corren a toda velocidad: uno hacia la voluptuosa, otro hacia aquel, otro hacia el anterior y el último hacia este; y se dispone entonces a tomar de la mano a la mujer que ningún deseo produce, y se la toma, pero una vez que lo ha hecho, se pasma de asombro por ese breve momento de asertividad y vuelve a quedarse en la irresolución, así que el primer camello lo arrolla y le grita: “¡Pendejo!”, y el irresuelto, mientras gira como un trapo por el piso, lanza un alarido de dolor que hace romper en llanto a la mujer que ningún deseo produce. Desde el techo, súbitamente aparece Edgar Omar Avilés diciendo: “Son textos que no obedecen absolutamente a la lógica de este nuestro mundo” y desaparece de igual manera. El llanto provoca a los camellos un desconcierto cercano al pavor y, por lo tanto, ninguno la coge, ni a la otra por semejante. El resuelto, en su sorpresa, por un reflejo, le agarra una teta a la damita sabrosa antes de salir disparado como bólido en un salar: le encantan tanto las tetas, que su resuloción puede más que su supervivencia. Luego que el desconcierto termina, la mujer voluptuosa es embestida por el camello con jorobas desinfladas, porque le tiene envidia de tan hermosas jorobas que ella luce con gran garbo y soltura. El último camello, el que va como proyectil, alcanza al resuelto, para pisotearlo hasta terminar con su resolución. El irresuelto siente una ira como nunca antes y se pone de pie; la adrenalonina, parecida a la adrenalina, le corre por la sangre y, en consecuencia, obtiene una fuerza descomunal, de la que se sirve para hacer girones a los camellos poseídos por la impaciencia, salvo las bocas (pues le encanta ver a los peces morir), las cuales balbucean y hacen burbujas de sangre como cuando, angustiados, se ahogan los peces.

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Enrique Ruiz Hernández

26 de abril de 2011

La línea


Había un espacio vacío. Y una línea errante. Venía del infinito. Primero trazó el borde de un hombro plano que se hacía brazo que acababa en una mano bidactilar. La línea proseguía: dibujaba un sobaco que seguía en una raya, recta y horizontal: quizá la figura estaba tendida. La línea giraba: se conformaba una pierna con pie de paleta. En la ingle se creaba una estrella irregular. De ahí la línea subía y dibujaba el corazón, que era sólo un lazo cuyo remate horizontal se hacía cuello, hombro, brazo y una mano en forma de gota. La línea terminó la otra pierna, pero volvió sobre sus pasos: sobretrazaba el brazo. La línea continuó hasta constituir el borde capital, que se transfiguraba en ojo y luego en cabello maraña de dibujo infantil: un extremo venía de la mollera, el otro se hacía un ojo, una ceja y la nariz, que concluía en el filtrum y la boca, que se transmutaba en un garabato de fuego que se volvía habla y sol: un sol-lenguaje, un sol-aliento, un sol-vida.
     El hombre lineal, lleno de vida, se puso de pie con una mirada grandiosa.

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Enrique Ruiz Hernández

23 de marzo de 2011

Sin rumbo (fragmento v)1


Nuevamente el asfalto se transformó, junto con todo alrededor. Nos encontramos otra vez con Océano, y nos dijo que nos habíamos perdido a causa de una tormenta somatosíquica. Tomamos el rumbo de nuevo, y finalmente llegamos a nuestro destino. Todo el paisaje era rocas de esmeralda; algunas se levantaban como espigas, y tan apretadas, que todo era un gigantesco bosque de peñascos. Se podían ver pequeñas fogatas en las partes más altas de algunos de ellos. Océano me dijo: Aquí vas a encontrar árboles que caminan y rocas que emanan ámbar. Me gustaba ese lugar. Océano se despidió de nosotros; el pastor y yo seguimos por un sendero apenas visible a través de pasajes con paredes verdes y traslúcidas; era como caminar a través de un mar petrificado. Llegamos a un pueblo que se llamaba Puente Rojo, y, efectivamente, la gente hablaba con la nariz. El pueblo tenía una escuela, una biblioteca, un supermercado, una farmacia, un videoclub, una gasolinera, dos canchas de beisbol, dos puentes, dos bares, una iglesia, un cementerio, un banco, un centro para jóvenes, un centro deportivo con únicamente una pista cubierta de papel donde dos equipos solían contender por los cortes más extravagantes sobre la pista y un teatro-restaurán que había sido un molino. No tenía cine. Todas las personas eran de colores claros: amarillo claro, rosado claro, azul claro, verde claro... Había una sola de un color oscuro: café; era un muchacho, tal vez de 17 o 18 años. Era serio, retraído, taciturno... pero no melancólico, ni contento, tenso. Él, como yo, tampoco era de ahí. Había llegado hacía poco. Las personas que hablaban con la nariz eran amables, festivas pero organizadas, y convidadoras. Al muchacho siempre le convidaban todo tipo de cosas, y lo invitaban a muchos lados: a uno de los dos bares para bailar todos animados, o beber de la misma manera; a un burdel de mujeres grotescas y fosforescentes; a jugar videojuegos todo el día; bucear en la alberca de la única escuela; jugar básquetbol en la única cancha de la única escuela; degustar cervezas locales con un chocante sabor a mostaza; deslizarse sobre el papel que cubría una montaña de por ahí; o simplemente a caminar por el bosque peñascoso. A mí también me invitaban todo tipo de cosas, y a muchos lados. Me gustó ir a esa cena familiar donde comieron algo parecido al pozole y cantaron canciones en que se contestaba a coro a quien llevaba la canción. En esa cena, alguien me dijo que antes bailaban, pero que ya no lo hacían porque quienes animaban todo, ya estaban muy viejos. Yo quise bailar, con una mujer sólo un poco más joven que yo, de caderas que me alegraban y nalgas intensamente redondas... El muchacho vivía en el sótano de la casa de una mujer sesentañera, dueña de una perra dorada y un gato-nube listo para descargar toda su lluvia contenida (aunque nunca lo hizo; yo creo que le daba miedo quedar desparramado por el piso y evaporarse, o escurrirse por entre los insterticios de la duela y quedar atrapado en el plafón del sótano; a mí me daría miedo que eso me pasara). La sesentañera siempre le ofrecía, al final de la comida, pastel de plátano con helado o panquecitos de árandano azul, aunque ya tuvieran pelillos verdes en lo abombadito. El muchacho se levantaba temprano para ir a San Raymundo, porque ahí estaba su escuela, donde se enamoró de una muchacha-gato que sabía hablar con la garganta. Era la primera vez que una mujer le correspondía. Casi todos los días le hablaba desde un teléfono público; no lo hacía desde la casa porque una vez llegó tan borracho a la casa de la sesentañera, que ésta, al día siguiente, le dijo con una voz bastante exasperada: ¡Aquí no es un hotel, donde sólo vienes a comer y a dormir! Estaba tan borracho, que vomitó en la alfombra e intentó orinar también ahí. Yo nunca conocí a la sesentañera más que de vista. A quien sí conocí fue a uno de sus hijos, a Caliel... ¿No te recuerda a alguien ese nombre?... El muchacho tuvo que volver al lugar de donde había venido; pero no por la borrachera, sino porque él era de otro país y ya no podía permancer más ahí. La última vez que vio a la muchacha-gato fue extraño, porque no fue una despedida efusiva ni llena de llanto: sin decir más que adiós, ella se bajó del vehículo donde los llevaban; él se quedó mudo; todo el trayecto hasta la casa de la sesentañera, y durante toda su vida, siguió pensando en ella, a modo de movimiento oscilatorio amortiguado. Yo sentí un nudo en la garganta que comenzó a hacerse más intenso cada vez, hasta que ya no pude respirar, y otra vez, todo enmudeció y se oscureció. Volví en mí; estaba acostado en la banqueta, en posición fetal, con un ardor horrible en la garganta, y con un dolor de vacío en el pecho, justo debajo del esternón y las costillas más bajas. Mientras me levantaba, me acordé de la primera mujer de la que me había enamorado, una chica belga, de Louvain-la-Neuve.

1Sin rumbo (fragmento iv). Sin rumbo (fragmento vi).

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Enrique Ruiz Hernández

22 de marzo de 2011

Sin rumbo (fragmento iv)1


Me animé finalmente a interrumpir su distracción en la calle y le pregunté: ¿Dónde está el bote? Él volteó, pero regresó a distraerse en la calle. Empecé a caminar hacia él, lo pasé y seguí: ya comenzaba a tener hambre. He de haber caminado unas diez cuadras hasta que encontré un lugar barato para comer; era un lugar de comida corrida. Me senté en una de las mesas que daban a la calle: no quería que las miradas se me clavaran mientras me dirigía a una mesa de más adentro. Me atendió una mesera morenita de unos 16 años; era muy agradable de ver: labios gruesos, mejillas llenitas, piernas y nalgas también, y senos chiquitos. No era delgada pero tampoco gorda. No sonreía al atender, era seria, muy concentrada en su trabajo. A mí me gusta que me atiendan así: sin que se concentren en mi persona; que sólo estén atentos a lo que digo y no a mi rostro o gestos o ademanes: sólo a los platos que elijo. En este caso me gustó que me atendiera así, no sólo porque no me incomodaba, sino porque, además, podía contemplarla sin que se diera cuenta o pensara que me gustaba: sólo quería mirar. Mientras me servía, o a otros clientes, la observaba: veía cómo se ponía de puntitas para alcanzar algún platillo que le pasaba el cocinero por encima de una barra con anaqueles; cómo estaba vestida; cómo parecía que no rompía un plato pero era capaz de vociferar con firmeza lo que pedían los comensales; veía su perfil entero al caminar; su boca, que asemejaba un beso al aire; sus mejillas, que eran como las de un bebé, y su contrastante adultez incipiente. Justo cuando dejé la propina y me di media vuelta para salir, me encontré con el pastor alemán. Estaba sentado, muy tranquilo, mirándome. Cuando llegué a él, se levantó y se puso a caminar. Yo lo seguí. Me llevó al bote, y nos subimos.

1Sin rumbo (fragmento iii) y Sin rumbo (fragmento v)

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Enrique Ruiz Hernández

19 de marzo de 2011

Doppelgänger ad infinitum


Tarski estaba en la oficina de su casa detallando el esbozo de la demostración de la famosa paradoja que el día anterior había discutido con Banach cuando escuchó, desde la recámara, un quejido como los que suele hacer cuando se golpea el dedo chiquito del pie contra el borde de su cama de madera. Se puso de pie, a la vez que se le presentó una imagen vívida pero fugaz de que miraba su cama y su mano sobre ella. Quedó muy confundido por un instante, así que, por un rato, permaneció quieto, con la mirada fija al piso, hasta que, con pasos sigilosos, continuó su camino hacia su cuarto. Otra vez, vino a su mente una imagen vívida y fugaz, pero en esta ocasión podía ver sus propias manos sacarle los zapatos. Luego otra: veía sus pies y sus manos que los masajeaban, del mismo modo que lo hace cada vez que se saca los zapatos, pero ahora también se le presentaba la sensación de sentir sus dedos de los pies entre sus manos. A pesar de la confusión, siguió su camino, con la mano derecha recargada sobre la pared del pasillo, quizá para no caer. Llegó a la habitación: con un rostro atónito miraba a un Tarski sin sombrero que reposaba en la cama. Asimismo miraba el otro Tarski a un Tarski boquiabierto, trajeado y con sombrero. A la imagen del Tarski en la cama se superpuso una imagen del Tarski ensombrerado en la mente del primero; luego una del Tarski en la cama, luego una de él de pie, en la cama, de pie, en la cama, de pie, en la cama, de pie, y así sucesivamente ad infinitum.
     Tarski, acomopañado por Tarski (el otro), residió, hasta la muerte, en un hospital psiquiátrico de Polonia, inmóvil, sin habla y con la mirada perdida. En la última visita que le hizo Stefan Banach, este le repitió las palabras de Platón: “El propio Dios geometriza”.


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Enrique Ruiz Hernández

28 de febrero de 2011

Hombres de antaño



Su heroísmo y pundonor los llevó a morir en combate. Una mujer vieja que presenciaba esta lucha encarnizada exclamó, luego de verlos morir, agachada y con un pañuelo en la cara: “Ya no hay hombres como estos, chingá”.1


1Foto de Elena Marini Silvestri.

18 de febrero de 2011

Síndrome de Cotard, o zombitud


Le dije al hechicero, con rostro ceñudo, estoy seguro, que no entendía mi situación: incluso muerto sentía hambre.



© Enrique Ruiz Hernández

El árbol de Troya solipsista


Las hojas de un árbol cuyo tronco está poblado por homúnculos escépticos, y por lo tanto, solipsistas, susurran que están en tu colonia.


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Inconcepción médica


Hoy, cuando el médico me revisó la garganta con un abatelenguas, me dijo que tenía unas amígdalas incovenientes y absurdas.


© Enrique Ruiz Hernández

Risa por esperanza insatisfecha


Cuando me dijiste en el teléfono el nombre de tu perro, me eché a reír: evidentemente tu perro no tiene alas.



© Enrique Ruiz Hernández

Prejuicio


Un estereotipo es un hombre indestructible.



© Enrique Ruiz Hernández

Elurofobia


Yo, hecho ovillo en la esquina de un cuarto diminuto con paredes acolchadas, escucho el estridente ronroneo industrial de un minúsculo gato terrorífico que reposa en el centro como un gigante.


© Enrique Ruiz Hernández

9 de febrero de 2011

Aniatí, o agrandamiento de cabezas


Los Shipibo-Konibo, otro pueblo amazónico, como los Shuar o Jívaros, tienen una práctica similar pero opuesta a la Tzantza o la reducción de cabezas: el agrandamiento o dilatación de cabezas: Aniatí es como llaman a esta práctica. A diferencia de los Shuar, los Shipibo-Konibo no agrandan las cabezas de sus enemigos para usarlas como amuleto, sino que agrandan las cabezas de sus chamanes, para que los nuevos chamanes obtengan ayuda de sus predecesores, ya que todos son maestros (y yo añado, somos maestros) con sus (nuestras) propias vidas. En el ritual Aniatí, se corta la cabeza del chamán, después de muerto por supuesto, con un techíchica (cuchillo especial para este ritual). Después, con el techíchica se hace un corte detrás de la cabeza y se separa la piel del cráneo. Con un cuchillo más pequeño, un chínti, se saca toda la carne restante. Se lava la piel craneal y finalmente se unta con aceite de pecarí gigante (que es, por cierto, una especie de jabalí gigante recién descubierta en el Amazonas), el cual aumenta la elasticidad de la piel. La unción dura varios días hasta que la piel es casi tan delgada como papel. En ese momento la piel se coloca en una vasija y se cose la parte posterior de la cabeza, donde se hizo el corte para sacarla del cráneo. Luego se le da un baño de cal para secar o extraer el aceite. Entonces se ahuma la vasija que lleva la piel y esta se pinta de negro. Se clavan tres espinas de chonta en los labios y se amarran con cuerdas. Este cosido de labios es idéntico al que se hace en la reducción de cabezas de los Shuar.
     Miguel Hilario Manenima, primer indígena Shipibo-Konibo en obtener grado doctoral (en la Universidad de Stanford; es politólogo), en la presentación de su primera y última novela dijo, ante una sala repleta de interesados (en realidad, sólo había diez sillas plegables, no todas ocupadas, pero diez personas más de pie: tal vez no se sentaron porque eran Shipibo-Konibo y los Shipibo-Konibo no se sientan ante gente importante), que, a su muerte, esperaba recibir el ritual Aniatí, pues sería un gran honor; después de todo, un politólogo es como un chamán.
     Lo sorprendente de todo esto, es que a Javier Ortiz se le ocurrió una minificción en la que un escritor de minificciones tiene como deseo póstumo que su cabeza reciba la Tzantza. Parece que la ficción imita la realidad1.

1Bueno sería que este relato fuera cierto, pero no lo es.
     Hola, Javier. Me inspiré de tu minificción, gracias.



© Enrique Ruiz Hernández