14 de octubre de 2009

¿Será?1

— Se dice que alguien es malo si y sólo si busca un bien propio a costa del daño o sufrimiento del otro teniendo otra opción para lograr ese bien propio. Si matas a alguien en defensa propia no eres malo, porque, a pesar de que buscas un bien propio, conservar tu vida, no tienes otra opción. Ahora, un ejemplo de caso irresoluto. Imagínate que hay una persona que no tiene familia ni amigos. Ahora imagínate que otra persona, mata a la primera, pero sin que ésta siquiera se dé cuenta, digamos, mientras duerme. La segunda persona mata a la primera por un bien propio (no sé, digamos el primero es un ermitaño sin familia y amigos que esconde una fortuna en su casa). ¿La segunda persona es mala? No sabemos si se sufre después de la muerte.
      — No, pero dices que el malo causa sufrimiento o daño; en este caso, sería daño.
      — Es verdá. Bueno, entonces parece que todavía funciona. La definición. ¿O cómo ves tú?
      — ¿Y por ejemplo un policía que se infiltra en una organización y mata gente para atrapar a los cabecillas? ¿O el que organiza una revolución armada?
      — Pues los mata no por un bien propio, sino por el bien de otros. ¿O los mata por un bien propio?
      — Yo diría que también.
      — Entonces es malo.
      — Pero no sé si los líderes revolucionarios sean malos. Tal vez no tienen opción.
      — A lo mejor hay que mejorar la definición. O cambiarla.
      — Creo que tu definición es buena, pero evaluar si hay opciones o no o si es por bien propio, es muy difícil.
      — Pues el revolucionario lo hace por bien propio, ¿no? Porque cree que la otra situación que imagina es mejor para él y para otros, ¿no?
      — Sí. Podrías cambiar ‘propio’ por ‘individual’. Creo que ‘propio’ incluye el bien colectivo e individual, ¿no?; aunque no estoy seguro.
      — No, porque el bien individual podría ser el bien de otro individuo.
      — Cierto.
      — Por otro lado, si el revolucionario no vive en una dictadura, puede realizar propaganda política para estimular cambios, los cambios a los que quiere que se lleguen.
      — Sí.
      — Otra cosa es si no lo logra a la velocidad que desea. Por lo tanto, según la definición, es malo.
      — Sólo Gandhi es bueno.
      — Según la definicón, sí.
      — No, hay más gente buena.
      — Claro, pero se oye chistoso.
      — Sí, lo dije un poco de broma. Aunque su postura es muy radical.
      — Radicalísima. ¿La dominación es mala? ¿Es decir, hacer que otro haga lo que le dices, a fuerza? Aquí pasa algo interesante, porque qué pasa con los niños.
      — Generalmente la fuerza usada en ese sentido genera sufrimiento.
      — Con ‘a fuerza’ no quiero decir ‘con el uso de la fuerza’, sino ‘de manera obligada’.
      — ¿Cómo te obliga?
      — Gritando, intimidando. Como puede suceder con los niños.
      — Esa fuerza genera sufrimiento.
      — ¿Cómo regañas a los niños para que te obedezcan?
      — Es bien difícil.
      — Si no los regañas, tal vez podrían lastimarse.
      — Cierto.
      — En este caso, el bien no es propio sino de otro, el del niño. ¿No? Que no se lastime. Ahora qué pasa si llevamos esto de la dominación a los países. ¿Se podría hablar de países-niños; si sí, bajo qué criterio?
      — La diferencia entre niños y países, es que los países siempre ponen por delante sus intereses.
      — Exacto. Tons las guerras son, en este sentido, siempre malas.
      — Tal vez las guerras civiles se salven.
      — A ver, explícame.
      — No son entre países, sino por una lucha interna para decidir la forma de gobierno. Las revoluciones son guerras civiles.
      — Pero en ese caso, sucede lo mismo que con los revolucionarios, ¿no?
      — Como dices, se puede llegar a lo mismo tal vez de forma pacífica. Creo que no siempre. Las guerras de independencia puede que no sean malas.
      — Claro, en una dictadura se ve difícil. Supongo que en la mayoría de los casos, habría que ver las especificidades del caso, para determinar si lo es o no.
      — Me sorprendería que hubiera una guerras entre países buena.
      — Sí, taría extrañísimo.
      — Aunque, por ejemplo, en España y Portugal a Napoleón lo ven como tirano y en Italia como libertador.
      — Pues sí.
      — Aunque en ese momento Italia no existía. Era una onda feudal.
      — Igual E.E.U.U. se ve a sí mismo como libertador, pero...
      — Yo no digo que los franceses se vean como libertadores de Italia, sino que los italianos ven a Napoleón como libertador.
      — ¿A poco?
      — Sí.
      — Sospecho que no todos los italianos, ¿o sí todos?
      — No todos, pero bastantes. Muchos ni saben.


***



— Ayer Cris y yo definimos lo que es ser bueno, porque pensamos que ser bueno no es la negación de ser malo ni malo la negación de ser bueno.
      — Estoy de acuerdo.
      — Pensamos en la siguiente: se dice que alguien es bueno si hace un bien (aquí tal vez habría que evitar la palabra ‘bien’, pero de todas maneras aclara la definición) a otro, teniendo la opción de no hacerlo. Entonces, como ves, bueno y malo son opuestos, pero ni uno es la negación del otro.
      — Creo que para la doctrina católica malo es la negación de bueno porque existe el pecado por omisión. Es decir, si tienes la oportunidad de hacer un bien y no lo haces, es malo. Pero yo digo que es imposible hacer todos los bienes potenciales.
      — Estoy pensando en la manera como se suelen usar esas palabras en lo cotidiano, no en una religión en particular.
      — Sí.
      — Además, concuerdo con lo que dices.
      — Aunque seguramente podríamos hacer más bien del que hacemos. El Siete Pelos me enseñó eso y, además, me dijo que el pecado por omisión era el peor.
      — Sí, el punto, creo, es que hay comportamientos que quedan fuera de poder ser calificados de buenos o malos. Todo eso de en medio es enorme, creo. ¿Quién es el Siete Pelos... Ah ya me acordé.
      — ...Por las definiciones. Sobre todo aquello que es inevitable no puede ser calificado de bueno o malo: el cliché de que la naturaleza no es ni buena ni mala.
      — No sólo eso. Por ejemplo, desayunar, meditar aislado en una montaña... Eso no es ni bueno ni malo.
      — ¿Y si meditar te lleva a hacer el bien? ¿O desayunar?
      — Jajajaja.
      — Creo que no cuenta.
      — Meditar no es calificable de bueno o malo, porque mientras lo haces, no haces ningún bien a otro. Se es bueno, sólo en el acto.
      — Esa es muy buena conclusión.
      — Digo, si seguimos la definición.
      — Yo lo que estuve pensando es que algo más útil que definiciones de bueno o malo serían guías para definir mejor o peor moralmente.
      — Definir mejor qué.
      — Por ejemplo, ante un problema, como el ejemplo de ayer.
      — ¿Cuál ejemplo? Vimos varios, creo.
      — Problema: Desigualdad en la repartición de la riqueza que causa miseria mortal. Posibles soluciones de mejor a peor: resistencia civil pacífica-resistencia civil dispuesta a pelear - lucha armada organizada - lucha armada desorganizada - inacción - robo o secuestro - complicidad con sistema desigual - generación de sistema desigual. ¿En que momento termina lo bueno y empieza lo malo?
      — Creo que con las definiciones queda claro que no hay una frontera entre lo bueno y lo malo, pues no son la negación la una de la otra sino opuestos; además, queda claro, de las definiciones, que ser malo es una relación diádica.
      — Yo pienso que la inacción puede ser mala.
      — A ver, un ejemplo.
      — Este que acabo de dar.
      — No me queda claro.
      — Al permitir que la maldad continúe, eres cómplice.
      — Es que en ese caso, Dios es malo.
      — Es cierto. Tal vez haya limitantes a impedir la maldad.
      — No porque me interese que sea bueno. Pero a ver. Ser cómplice significa ser coactor, es decir, en parte soy ejecutante de algo, pero si no hago nada, no hay tal coacción.
      — Como no utilizar la violencia o la muerte o limitar la libertad.
      — Sigo pensando que la muerte no es mala.
      — Si tú ves un robo y puedes alertar lo que estás presenciando sin correr peligro, ¿qué harías?
      — ...Por lo siguiente: me parece que sólo se puede hacer daño a alguien mietras vive; porque si lo mato, no hay sujeto (el muerto) que piense que le he hecho daño. Pues si no hubiera peligro, tal vez lo haría. Si lo hubiese, quizás no. La verdá no lo sé.
      — No hay peligro, lo ves desde lejos y tienes un teléfono al lado, ¿alertarías o no?
      — Si no alerto, no pienso que haya hecho daño a nadie; es decir, no creo ser malo, pero tampoco bueno, porque, como dije, si sigo la definición, bueno sería hacer un bien a otro teniendo la opción de no hacerlo. Yo no juzgaría de malo a alguien que no llama si ve que estoy en peligro. Tal vez llamaría.
      — Yo creo que ahí falla la definición.
      — Pero sí de bueno si lo hace.
      — Mmmm, es cierto.
      — Por supuesto que podrías sugerir otra definición y ponerla a prueba.
      — Claro.
      — Digo, la definición que di es una propuesta, no que yo crea que todo mundo deba pensar así.
      — ¿Podrías repetir la definición de malo?
      — Se dice que uno es malo si y sólo si uno busca un bien propio a costa del sufrimiento o daño de otro, teniendo otra opción para obtener tal bien.
      — ¿Y si uno busca el bien de otra persona a costa del sufrimiento o daño de un tercero?
      — Entonces no es malo. Aunque está raro, porque me imagino que poca gente hace eso.
      — Tu definición no incluye ese caso.
      — No. Matar por ejemplo a alguien porque amenaza a tu hijo, digamos. El bien propio es que no quieres sufrir al ver sufrir a tu hijo. Tons al final sí buscas un bien propio.
      — Ta bueno.
      — Veo difícil que suceda el caso que planteas. Aunque no digo que no pueda suceder.
      — ¿Y si haces un bien a otro sólo para sentirte mejor? ¿Es decir, que no existan los actos desinteresados?
      — Por otro lado, mira: las enfermedades raras en niños. ¿Dios las hizo por un bien propio? Diría que no. Tons no es malo por crear enfermedades que hacen sufrir a niños y a otros. No importa, porque de todas maneras ayudas al otro. Le haces un bien. Por eso la definición de bien no excluye el caso en que puedas hacer un bien a otro al hacerte un bien a ti.
      — Es cieto, se me hace que no estoy pensando mucho.
      — A lo mejor es que he estado pensando un buen en eso.
      — ¿Por qué crees que Dios crearía el universo, si es que lo crees?
      — No tengo idea ni tampoco tengo idea si Dios existe.
      — Yo no me atrevería a decir que Dios no creó las cosas por un bien propio, si es que las creó y si es que existe.
      — Es decir, ¿algo te hace pensar que las creo por un bien propio? Si existe.
      — Podría ser, por ejemplo, por el gusto de observar.
      — Mmmh. Es decir, ¿tú crees que Dios pudiera sentir placer?
      — Sí.
      — ¿El placer no es algo mundano? ¿O algo muy banal para ser divino?
      — No.
      — Ah. ¿Y crees que Dios pueda sufrir?
      — Sí.
      — Bóitelas.
      — Pero creo que mi imagen de Dios es demasiado antropomorfa.
      — Mmmh, eso parece. Ta muy buena esta plática.
      — Creo que la imagen más abstracta de Dios que tengo es algo así como el equivalente de la Gaia pero en universo.
      — Órale, como panteísta, o algo así, ¿no?, ¿o cómo?
      — No pienso que cada cosa tenga un dios, sino creo que la gente tiene una parte espiritual, que podríamos llamar alma, y que el equivalente del alma del universo sería Dios.
      — Mira: http://es.wikipedia.org/wiki/Pante%C3%ADsmo.
      — Y como tal, un sufrimiento individual se traduce en sufrimiento de Dios, pero que el estado emocional de Dios es más bien una mezcla, es una conciencia con muchas conciencias.
      — Ah ya. Sí se oye panteísta tu visión más abstracta de Dios, ¿no? Digo, si leíste la entrada de la Wikipedia.
      — Voy a leer. Todavía no, ando leyendo otra cosa.


***



— Oye. Me quedaba una pregunta.
      — Ah, sí. A ver.
      — Igual podría deducir la respuesta de las definiciones, pero no he querido pensar. ¿Es malo hacerse daño?
      — Esta definición sólo tiene sentido cuando se trata de dos personas distintas, pues así está hecha la definición. Tons no se puede usar de uno a uno mismo. Se dice que uno es malo con otro si y sólo si uno busca un bien propio a costa del sufrimiento de otro...
      — Tal vez habría que buscar resolver esa pregunta.
      — Pues yo diría que no es malo pero sí autodestructivo.
      — Lo malo no excluye lo autodestructivo. Ni viceversa.
      — O podrías tener dos definiciones de malo, una que sea una relación diádica, de dos pues, y otra que sea monádica.
      — Apoyo esa moción. Leí del panteísmo.

1Éstos son fragmentos de tres diálogos consecutivos que tuvimos Macías y yo por el MSN. Al texto sólo le hice correcciones ortográficas y de puntuación, para hacerlo más comprensible. No le hice correcciones de precisión, como dejar más clara una respuesta mía o de plano cambiarla, porque no sabría qué contestaría Macías, y porque lo dejaría sin derecho a réplica; así que dejo una próxima discusión o reflexión para otra entrada.

8 de octubre de 2009

Hare

Saltaré sobre el pasto, giraré mis orejas y sacudiré mis labios. No sabré si saltar porque nunca sabré nada más que lo que veré, escucharé, palparé y oleré. Todo olerá hermoso, a pasto verde y largo. Querré imaginar que el pasto hiciere algo, pero mi mente se detendrá, y entonces saltaré, sacudiendo mis labios y mis bigotes. Sentiré el pasto en mi vientre, que será abajo, pero no sabré su nombre. Miraré a un lado y saltaré y saltaré, hasta que una hoja crujiere, porque crujirá, y me detendré a escuchar el crujido, pero cesará para mi sorpresa, y estaré atento a su regreso; me moveré y crujirá de nuevo. Crujirá al moverme y me moveré de nuevo. Pero olvidaré el crujido, porque algo volará y saltaré para mirar; será rojo y revoloteará, y será pequeño, muy pequeño. Me gustará el revoloteo y querré olerlo y comerlo. Pero no lo comeré, porque desaparecerá. Miraré a otro lado y veré pasto, verde, muy verde, y me emocionará y saltaré y saltaré, y tendré hambre y comeré. Me sentiré relajado entonces. Olvidaré el pasto y a mí. De pronto, todo frente a mí tomará un color más claro, como llenándose de luz. Mis patas se sacudirán, y estaré mirando el pasto. Entonces saltaré, sólo un poco, y parpadearé. Escucharé un ruido que sonará peligroso y me pondré nervioso; mis orejas girarán hacia atrás, luego hacia adelante, y seguiré nervioso, con miedo. Entonces saltaré y saltaré. Olvidaré todo, porque habrá pasto verde y largo, y ningún ruido peligroso. Repentinamente, la luz será fuerte y todo será brillante. Cerraré los ojos e imaginaré pasto, mucho pasto. Pero me alertaré porque habrá un ruido peligroso, y no se detendrá. Tendré un miedo gigante, y saltaré y saltaré, y eso me perseguirá; tendré más miedo, mucho más. Saltaré para aquí, para allá, para otro lado: zigzag, zigzag, zagzig. Saltaré, saltaré, saltaré; el miedo seguirá, porque eso estará tras de mí, y hará un ruido horrible, y sentiré atrás algo ligero que me tocará, pero correré; sentiré que no tuviere fin. Pero lo tendrá, porque habrá un hoyo, donde me meteré y nunca saldré, eso creeré. Oleré la tierra, que estará húmeda y fresca; me relajaré. Y querré meterme en la tierra; entonces empujaré y me aplastaré contra el olor, que será bueno. Oleré y oleré. Moveré mis patas y me relajaré; todo lo olvidaré. De pronto, todo estará oscuro, aunque veré. Giraré mi cuerpo, saltaré un poco, luego otro poco, hasta que mi cabeza saldrá. Sacudiré mis labios, pero nada vibrará y no habrá ningún ruido peligroso, aunque quizá algo en mis patas crujirá, y estaré quieto, quieto, y volveré al hoyo, y oleré la tierra. Todo lo olvedaré. Súbitamente, habrá un poco de luz y querré salir a ver. La luz será brillante y cerraré los ojos, sólo un poco, porque querré ver, y veré pasto, poco pasto. Entonces saltaré y saltaré; estaré emocionado, porque habrá pasto, mucho pasto, verde y largo, y comeré, porque tendré hambre. Un crujido repentino se escuchará muy cerca y tendré pánico, y correré y saltaré, para aquí y para allá. Algo pesado me tirará. Sólo habrá pánico, pánico, mucho pánico. Agitaré mis patas, para saltar, pero no saltaré, no...1

© Enrique Ruiz Hernández

1Este cuento está incluido en el libro Neftis Amonet y otros relatos.

2 de octubre de 2009

La mirada

Viajaba en el metro, en uno de esos vagones cuyos asientos son azules y quedan unos frente a otros. Iba sólo, en esa especie de cabina de tren superdiminuta. En la siguiente estación, entró una joven de veintitantos y se sentó en el asiento de enfrente, pero no frente a mí (si los asientos formaran un tablero de ajedrez de sólo cuatro cuadrados, estaríamos sentados en cuadrados del mismo color). Por cierto, yo iba en la ventanilla; me gusta la ventanilla, y la veinteañera también me gustaba. Después de unos segundos, me lanzó una mirada fugaz, quizá de quiero saber qué aspecto tiene. Volvió a mirarme otra vez, ahora tomándose un poco más de tiempo para observarme. Intuí que imaginó que no tengo auto ni casa ni novia ni amigos, quizá ni trabajo. Sin embargo, volvió a mirar; estoy seguro de que fue porque me vio feliz: a muchos les atrae la felicidad. No tengo dudas de que me vislumbró como un niño que se la pasaba todo el día en bicicleta por todas las calles de su colonia, andando a toda velocidad, con la frente descubierta, debido al viento; que me supuso un niño cuyo padre lo llevaba al parque Tezozómoc a jugar básquet, a patinar, a ver los patos del pequeño lago y, por supuesto, a andar en bici, con él, uno tras del otro, ora haciendo caballitos, ora derrapones; que se figuró que tenía una imaginación desbordada, casi la de un loco; que tal vez por eso no tenía novia, no por la imaginación sino por lo loco. Pasaron dos estaciones desde que se subió. Me echó otra mirada, en cuyo fondo pude ver su mente imaginando que mi papá murió cuando yo tenía 15 años (que mi mamá murió cuando nací), que él me enseñaba toda clase de cosas, porque yo era un preguntón y porque él tenía una gran memoria y era un lector compulsivo; que vivíamos en la casa de la abuela, donde había montones y montones de libros, en montones de idiomas; que seguro mi papá sabía varios: italiano, alemán, francés, inglés, hebreo, mandarín, japonés e hindi. Especuló que tenía una familia bien rara: un tío borracho que siempre estaba botado sobre las banquetas; una tía rica que tenía 14 perros y un solo hijo, con síndrome de Kallman, de Tourette o Down; otro primo que tenía síndrome de Proteo, y otro esquizofrénico... Ah, y una prima bellísima que era modelo pero que genéticamente era hombre (era mujer porque tenía insensibilidad a los andrógenos) y quería tener muchos hijos pero era estéril. Ya habían pasado cuatro estaciones desde que se subió. Entonces, ella se olvidó de mí por una estación, pero a la siguiente volvió a mirarme, repentinamente y con una sonrisa; creo que se dio cuenta de que cuando me imagino sentado dentro de un transporte, siempre me imagino sentado al lado de la ventanilla izquierda, si uno mira en la misma dirección en la que normalmente se dirigen los autos en el continente americano. Poco a poco su sonrisa se desvaneció: había notado una mancha blanca en mi rostro, como de maquillaje, y supo entonces que era un payaso, pero no callejero sino de circo. Vi claramente en su rostro que me había reconocido (por la mirada: eso nunca cambia en la gente; al ver fotografías en que soy un niño, me veo la misma mirada), a pesar de no recordar mi nombre artístico; entonces, imaginé que le vino a la mente que era un payaso secundario, que no actuaba en un circo fijo, que deambulaba, que vagaba y divagaba como mi imaginación. Entonces, de una bolsa negra que llevo casi a todos lados, saqué una flor amarilla hecha con globos y se la extendí, cuando alzó la mirada porque habíamos llegado a la estación en que ella bajaba. Se levantó deprisa y, sin la flor en la mano, corrió hacia afuera, mirándome por última vez; con la mirada me dijo “gracias”; con gran amabilidad, le contesté “de rien”.1

© Enrique Ruiz Hernández

1Este cuento está incluido en el libro Neftis Amonet y otros relatos.

12 de septiembre de 2009

Una posible interpretación de ‘ser uno’

Hace unos meses, cuando le explicaba a mi amigo Joaquín cómo construir todos los números naturales a partir del conjunto vacío, al final dijo: “sí, pero el conjunto vacío es uno”. Entonces me pregunté en qué sentido el conjunto vacío es uno (tengo la impresión de que el dos también es uno, de hecho, que cualquier cosa es uno). Veamos en qué sentido el conjunto vacío podría ser uno, y el dos también. Consideremos las siguientes series de cosas: una mano, un pie, un casco, una maceta, un conjunto vacío y dos manzanas, dos peras, dos carros, dos personas, dos cobijas. Se podría decir que en ambos casos se está hablando de la totalidad que forman las cosas listadas; es decir, se podría decir que se está pensando en lo siguiente:

{esa mano}, {ese pie}, {ese carro}, {ese conjunto vacío}, . . .,

conjuntos todos con un solo elemento, y

{dos manzanas}, {dos peras}, . . .,

conjuntos todos con dos elementos. Me viene entonces a la mente que el sentido en que el conjunto vacío es uno es que podemos considerar el conjunto que tiene como único elemento al conjunto vacío. El dos es uno en ese mismo sentido, porque siempre podemos considerar al conjunto que tiene como único elemento al dos. En este sentido cualquier cosa es uno.
      Cuando uno ve dos manzanas y dice: “son dos”, uno no está hablando de una propiedad de cada manzana, sino está hablando de la totalidad que forman las dos manzanas; es decir, uno está pensando en {manzana 1, manzana 2}. De igual manera, cuando se dice: “es uno” y se está pensando en la interpretación mencionada, al hablar de un pie a la vista, no se está hablando de alguna propiedad del pie, sino de la totalidad que forma el pie; es decir, se está pensando en {ese pie}. Así que, en la interpretación que se está considerando aquí, decir que el conjunto vacío es uno no es hablar del conjunto vacío, sino hablar de la totalidad que forma el conjunto vacío.
      Leyendo el Diccionario de Filosofía Abreviado de José Ferrater Mora, encontré otras dos acepciones de ‘uno’: indivisible, que carece de partes; también se dice de algo que es uno en el sentido de que las partes de las que está compuesto forman esa unidad que es el algo del que se está hablando y no está dividido. Considerando estas otras dos acepciones, la única que tiene sentido para Ø es la primera de las otras dos: que el conjunto vacío carece de partes, donde supongo que parte podría pensarse como elemento: el conjunto vacío es uno. Ahora, si se considera la segunda acepción, entonces el conjunto vacío no es uno, pues no hay ninguna parte que lo constituya; lo interesante es que el conjunto {Ø} es uno en ambos sentidos (es indivisible y consta de una sola parte que conforma su totalidad y no está dividido; notemos entonces que ‘indivisible’ no es lo mismo que ‘carente de partes’), y el conjunto {Ø,{Ø}} sólo en el último.
      Me pregunto qué habrá querido decir Joaquín con ‘sí, pero el conjunto vacío es uno’, qué habrá querido decir con el ‘pero’.

© Enrique Ruiz Hernández

2 de septiembre de 2009

La leyenda de los orígenes1

He aquí lo que me ha enseñado mi padre, lo cual recibió de su padre, y así desde hace mucho, mucho tiempo, ¡desde el comienzo!
      En el origen de las cosas, bien en el origen, cuando no existían ni hombre ni animales ni plantas ni cielo ni tierra, nada, nada, nada, Dios ahí estaba y se llamaba Nzamé. Y a los tres que son Nzamé nosotros los llamamos Nzamé, Meber y Nkwa. Y al principio Nzamé hizo el cielo y la tierra y se reservó el cielo para sí. Sopló sobre la tierra, y bajo la acción de su soplo nacieron la tierra y el agua, cada una por su lado.
      Nzamé ha hecho todas las cosas: el cielo, el sol, la luna, las estrellas, los animales, las plantas, todo. Y cuando hubo terminado todo lo que ahora vemos, llamó a Meber y Nkwa y les mostró su obra: "¿Lo que he hecho está bien hecho?", les preguntó.
      — Sí, has hecho bien —tal fue su respuesta.
      — ¿Hay alguna otra cosa por hacer?
      Y Meber y Nkwa le respondieron: "Vemos muchos animales, pero no vemos a su amo; vemos muchas plantas, pero no vemos a su dueño".
Y para dar un amo a todas esas cosas, entre todas las creaturas, designaron al elefante, pues tenía la sabiduría; al leopardo, pues tenía la fuerza y la astucia; al mono, pues tenía la picardía y la agilidad.
      Pero Nzamé quiso hacerlo mejor todavía, y entre los tres, hicieron una creatura casi semejante a ellos: uno le dio la fuerza, otro el poder, el tercero la belleza. Entonces, los tres dijeron: "Toma la tierra, eres, desde ahora, el amo de todo lo que existe. Como nosotros, tienes la vida, todas las cosas se someten a ti, eres el amo".
      Nzamé, Meber y Nkwa volvieron a su morada en las alturas, la nueva creatura se quedó sola aquí abajo y todo le obedeció.
      Pero entre todos los animales, el elefante permaneció el primero, el leopardo tuvo el segundo puesto y el mono el tercero, pues eran ellos a quienes Meber y Nkwa habían escogido primero.
      Nzamé, Meber y Nkwa habían nombrado al primer hombre Fam, lo que quiere decir la fuerza.
      Orgullosa de su poder, de su fuerza y su belleza, pues rebasaba en esas tres cualidades al elefante, al leopardo y al mono, orgullosa de vencer a todos los animales, esta primera creatura se fue por mal camino; se volvió orgullo, ya no quiso adorar a Nzamé y lo despreciaba:

Yeyé, ¡oh! la, yeyé.
¡Dios arriba, el hombre en tierra!
Yeyé, ¡oh! la, yeyé.
Dios es Dios,
El hombre es el hombre,
¡Cada uno en casa, cada uno en su casa!


      Dios había eschuchado este canto. Escuchó con cuidado: "¿Quién canta?". "Busca, busca", responde Fam. "¿Quién canta?". "Yeyé, ¡oh! la, yeyé". "¿Pero quién canta?". "¡Ey!, soy yo", vocifera Fam.
      Dios, completamente encolerizado, llama a Nzalân, el trueno: "¡Nzalân, ven!".
      Y Nzalân vino a toda prisa con gran estruendo: ¡Boú, boú, boú! Y el fuego del cielo incendió el bosque. Las plantaciones que se queman, ante este fuego, son una antorcha de amón. Fuí, fuí, fuí, todo ardía. La tierra estaba, como hoy, cubierta de bosques: los árboles se quemaban, las plantas, los bananos, la mandioca, incluso los cacahuates, todo se secaba: bestias, aves, peces, todo se destruyó, todo había muerto; pero, por desgracia, al crear el primer hombre, Dios le dijo: " Tú no morirás". Lo que Dios da, no lo quita. El primer hombre se quemó; ¿lo que haya sido de él?, de eso no sé nada; está vivo, ¿pero dónde?, mis ancestros no me lo han dicho; ¿lo que haya sido de él?, yo no sé nada, esperen un poco.
      Pero Dios miró la tierra, toda negra, sin nada completamente, inactiva, tuvo vergüenza y quiso hacerlo mejor. Nzamé, Meber y Nkwa se reunieron a deliberar en su abeñ, e hicieron lo siguiente: sobre la tierra negra y cubierta de carbón, pusieron una nueva capa de tierra; un árbol creció, crece, crece todavía, y cuando una de sus semillas caía al suelo, un nuevo árbol nacía, cuando una hoja se desprendía, crecía, crecía, comenzaba a caminar, y era un animal, un elefante, un leoparado, un antílope, una tortuga, todos, todos. Cuando una hoja caía en el agua, nadaba, y era un pez, una sardina, un mapiro, un cangrejo, una ostra, un molusco, todos, todos. La tierra volvió a ser lo que había sido, lo que es hoy todavía. Y la prueba, hijos míos, de que mi palabra es la verdad, es que si, en ciertos lugares, cavan la tierra, incluso a veces en la superficie, encontrarán una piedra dura, negra, pero que se quiebra; arrójenla al fuego, se quemará. Esto ustedes lo saben perfectamente:

El silbato resuena,
El elefante viene.
Al elefante, gracias.


      Esas piedras son los restos de los bosques anteriores, de los bosques quemados.
      Sin embargo, Nzamé, Meber y Nkwa se reunían para deliberar: Se necesita que un jefe dirija a los animales", dijo Meber. "Por supuesto, hace falta uno", dijo Nkwa. Prosiguió Nzamé: "En verdad, haremos otra vez un hombre, un hombre como Fam, mismas piernas, mismos brazos, pero le volveremos la cabeza y verá la muerte". Y así se hizo. Ese hombre, amigos míos, es como ustedes, es como yo.
      Ese hombre que fue, aquí abajo, el primero de los hombres, el padre de todos nosotros, Nzamé lo nombró Sekumé, pero Dios no quiso dejarlo solo. Le dijo: "Hazte una mujer con un árbol". Sekumé se hizo una mujer, y ella caminó y él la llamó Mbongwé.
      Mientras Nzamé hacía a Sekumé y a Mbongwé, los formó con dos partes: una externa, la cual ustedes llaman Ñul, cuerpo, y la otra que vive en el Ñul y que todos llamamos Nsissim.
      Nsissim es lo que produce la sombra, la sombra y Nsissim es la misma cosa, Nsissim es lo que hace vivir a Ñul, Nsissim es lo que se va cuando el hombre ha muerto, pero Nsissim no muere. Mientras está en su Ñul, ¿saben dónde mora? En el ojo. Sí, mora en el ojo, y aquel puntito brillante que ven en el medio es Nsissim.

La estrella arriba,
El fuego abajo,
El carbón en el hogar,
El alma en el ojo.
Nube, humo y muerte.


      Sekumé y Mbongwé vivían felices aquí abajo, y tuvieron tres hijos, que nombraron, al primero, Nikur (el tonto, el malo), Bekalé, al segundo (el que no piensa en nada), y éste llevó a cuestas a Mefer, al tercero (el que es bueno y hábil). También tuvieron hijas, ¿cuántas?, no lo sé, y estas tres también tuvieron hijos, y aquellos también. Mefer es el padre de nuestra tribu, los otros los padres de las otras tribus.
      Sin embargo, Fam, el primer hombre, Dios lo encerró bajo tierra, y con una roca enorme tapó el agujero. ¡Ah!, el taimado Fam, durante mucho, mucho tiempo excavó: un buen día, él estaba afuera. ¿Quién había tomado su lugar? Los otros hombres. ¿Quién se encolerizó contra ellos? Fam. ¿Quién siempre procura hacerles daño? Fam. ¿Quién se esconde en el bosque para matarlos, bajo el agua, para volcar su piragua? Fam, el mentado Fam. ¡Silencio! No hablemos tan alto, quizá está por ahí escuchándonos:

Permanezcan en silencio
Fam están escuchando,
Para provocar penas a los hombres;
Permanezcan silenciosos.


      Y a los hombres que había creado, Dios les dio una ley. Llamando a Sekumé, Mbongwé y sus hijos, llámandolos a todos, a pequeños y grandes, a grandes y pequeños: "Para el futuro", les dijo, "he aquí las leyes que les doy, y que obedecerán:
      No robarán en su propia tribu.
      No matarán a aquellos que no les hagan daño.
      No irán a comer a los otros en la noche.
      "Es todo lo que les pido; vivan en paz en sus aldeas. Aquellos que hayan escuchado mis mandatos, serán recompensados, les daré su salario, a los otros los castigaré. Así será".
      Cómo castiga Dios a los que no lo escuchan, helo aquí. Después de su muerte, deambularán en la noche, sufriendo y dando alaridos, y mientras las tinieblas cubren la tierra, cuando uno tiene miedo, entran a las aldeas, matando e hiriendo a aquellos con los que se topan, haciéndoles todo el daño que pueden.
      Se hace en su honor la danza fúnebre kedzam kedzam, eso no sirve para nada. En la era, frente a la choza, les llevamos los mejores platillos; comen y ríen, eso no sirve para nada. Y cuando todos los que han conocido han muerto, sólo entonces oyen a Ngofió, Ngofió, el ave de la muerte. Inmediatemente se ponen todos flacos, todos flacos, y ¡helos ahí muertos! ¿Adónde van, hijos míos? Ustedes saben como yo, antes de pasar el gran río, se quedan, por mucho, mucho tiempo, sobre una gran roca plana: tienen frío, mucho frío, brrr...

El frío y la muerte, la muerte y el frío,
No quiero escuchar.
El frío y la muerte, la muerte y el frío,
Penas, oh madre mía.


      Y cuando todos los condenados han pasado, Nzamé los encierra, por mucho, mucho tiempo, en el Ototolán, el lugar de mala estancia donde se ven penas, penas.
      En cuanto a los buenos, se sabe que después de su muerte vuelven a las aldeas; pero están contentos por los hombres, la fiesta de los funerales, la danza del duelo regocija su corazón. Durante la noche, vuelven cerca de los que han conocido y amado, les ponen ante sus ojos sueños agradables, les dicen cómo hay que hacer para vivir largo tiempo, adquirir grandes riquezas, tener mujeres fieles (¡escuchan bien, ustedes, allá, cerca de la puerta!), tener mujeres fieles, tener muchos hijos y matar muchos animales en la caza. Fue así, amigos míos, como me enteré de la llegada del último elefante que maté.
      Y cuando todos los que han conocido han muerto, sólo entonces oyen a Ngofió, Ngofió, el ave de la muerte; inmediatamente se ponen todos gordos, todos gordos, incluso demasiado, y ¡helos ahí muertos! ¿Adónde van, hijos míos? Bien lo saben como yo. Dios los hace subir, y los coloca junto a él en la estrella de la noche. Desde ahí, nos observan, nos ven, están contentos cuando festejamos su memoria, y lo que hace a la estrella tan brillante son los ojos de todos los que han muerto.
      Lo que los ancestros me han enseñado helo aquí: y a mí, Ndumembá, es mi padre quien me lo ha enseñado, lo cual recibía de su padre, y el primero de nuestros ancestros de dónde lo recibía, de eso yo no sé nada, yo no estaba ahí. He dicho.

1Esta leyenda se encuentra en una antología de Blaise Cendrars, Antologie nègre. Dicha leyenda es de origen fang (que es como ahora se suele escribir; la grafía anterior era fân). Los Fang son una etnia de África central, más precismante de Gabón, Camerún y Guinea Ecuatorial.
Me permití hacer una traducción libre para compartir el texto, el cual encontré muy interesante, por sus aparentes palalelismos con el cristianismo.
Posteriormente añadiré algunas notas sobre algunas palabras, como abeñ, por ejemplo.


© Enrique Ruiz Hernández

20 de marzo de 2009

Lluvia dulce

Amanece en Boron, California. Los rayos del sol iluminan los enormes depósitos de bórax, sal antifórmica, y aquéllos, anaranjados, atraviesan las ventanas y calientan sus cuerpos. Ella despierta.
     Se levanta, desnuda, y se dirige al patio central de la casa. Se sienta lentamente sobre una pequeña montaña de azúcar. Los granos se pegan suavemente a sus nalgas, a sus muslos, sus pantorrillas. Se da vuelta lentamente, permitiendo que algunos granos permanezcan pegados, que otros caigan dejando unas pequeñas marcas rojas en su piel. Queda de lado. Mete una mano en la entrepierna hasta que sólo la punta de su dedo medio apenas toca algunos granos. Saca su mano y remoja en su lengua, levemente, sus tres dedos más largos. Otra vez, la mano en la entrepierna; sus dedos tocan el azúcar y luego sus labios vulvares, húmedos, cafés y rosas: un molusco carnoso y hambriento. Pedalea los dedos, dejando caer, mínimamente, algunos granos de azúcar: apenas los siente, su respiración se hace profunda y su espalda se arquea, como la de una tetanizada. Levanta su mano y tira plácidamente de una palanca: una suave y pequeña lluvia de azúcar cae sobre su vientre, lo acaricia y la sobrecoge, y una sola lágrima de gozo y exaltación se forma en el rabo de su ojo izquierdo. Una sonrisa. Los granos rebotan y se enredan, como arena del mar, en su vello púbico rizado e hirsuto. Su espalda se arquea hacia arriba y hacia abajo.
     Él se levanta, desnudo, y va donde ella. La mira extasiado. Sus puños se cierran y aprietan. Sus dedos de los pies se contraen, se aferran al azúcar bajo ellos. Sangre caudalosa comienza la erección del priapo. Como un rey que busca a la reina del mar, a la ostra olimpia, a la divina coquina, el glande ensanchado, rojo y brillante, con el borde rosado, como una corona, contempla pasmado, duro, la lluvia y a ella. Uno, dos, tres granos caen ligeramente en el glande; éste sufre un espasmo, endureciéndose más. Ella siente que la miran él y el priapo; entonces aprieta a éste y lo tironea un poco con la otra mano, lo jala hacia ella, a la lluvia de azúcar. El caudal granuloso acaricia dulcemente la punta, que apunta y mira hacia ella, con deseo de tocarla.
     Se miran extasiados, con la mirada perdida el uno en el otro, con la boca entreabierta, los labios húmedos y enrojecidos. Una sonrisa. "Qué dulce eres, mi amor".

© Enrique Ruiz Hernández

24 de febrero de 2009

Catalania (fragmento)

No me desperté enseguida; seguía con los ojos cerrados y oníricas imágenes disconexas que se hilaban poco a poco me venían a la mente. La gente hablaba con vocales muy largas o repititivas; asimismo con las consonantes. Sí, hablaban con palabras de sólo dos letras, y no siempre tenían vocales. Me sentía un poco tenso: quería entender todo lo que decían; sí entendía, pero estaba tenso: no quería interrumpir con un "cómo". Decidí levantarme.
     Justo cuando puse un pie en el piso, vinieron a mi mente los números de Catalan, y las palabras de Dyck. Entonces me reí del sueño.
     La primera vez que me encontré con los números de Catalan, me fascinaron. Desde entonces no paro de pensar en ellos, y no soy el único: Richard Stanley también tiene catalanía.
     Al lado de mi cama siempre tengo una libreta donde escribo todo lo que se me ocurre, o casi todo lo que se me ocurre, porque también se me ocurren imágenes, y las imágenes no se escriben; aunque el 'casi todo' era porque a pesar de que todo el tiempo se me ocurren cosas, no siempre las escribo; realmente no tengo un criterio para decir qué escribiré y qué no. A veces escribo argumentos que demuestran alguna afirmación que he pensado previamente; otras, algún pensamiento suelto, y otras, no sólo escribo, sino también dibujo: triángulos, cuadrados, tableros, diagramas... Las demostraciones con diagramas me fascinan: son simples, sintéticas y, por lo tanto, bellas; no me considero un teórico en Categorías, pero sí un aficionado a la Teoría de Categorías.
     Tomé mi libreta y me puse a garabatear: acabo de descubrir que el n-ésimo número de Catalan es el número de maneras de unir con n cuerdas que no se intersectan, 2n puntos sobre la circunferencia de un círculo, y que también es el número de maneras de conectar 2n puntos del plano que yacen sobre una línea horizontal, por medio de n arcos que no se intersectan, de tal manera que cada arco conecta dos de los puntos y está por encima de los puntos; aunque tal vez esto ya lo sabe Stanley.
     De pronto, todo me pareció distinto: mi cama, mi cuarto, mi casa, mi edificio, mi unidad, el cielo, las nubes, el sol, mi mundo. Dejé mi libreta sobre el buró y me levanté despacio, muy despacio, cautelosamente, con el cuidado de provocar la menor perturbación posible: no quería que este estado de cosas cambiara, se me escapara, se desvaneciera; era uno de esos momentos que cualquier pequeña inmutación podía hacer desaparecer, como una mariposa que se asusta al menor movimiento a su alrededor, como un pajarito que al menor acercamiento parte volando. Con lentitud y reserva me vestí y puse los tenis. Caminé hacia la puerta, descolgué las llaves del perchero para llaveros y cerré deslizándome por el pequeño resquicio que dejé entre la puerta y el marco. Bajé las escaleras y abandoné el edificio. Miré hacia arriba: el cielo tenía un color peculiar; tal vez se veía lila, con pequeñas vetas verdes, cubierto por rizos blancos y pequeñas masas globulares, los cuales se veían como una pila piramidal incompleta de bolitas de algodón. Hice una mueca por el sol: tengo astigmatismo y la luz me molesta un poco. Bajé la mirada y seguí. Caminé por los pasillos laberínticos de mi unidad hasta salir a la avenida; estaba un poco vacía, condición que me pareció extraña después. Tomé un micro. Bajé cerca de la Terminal del Norte, que fue hacia donde me dirigí.
     En la terminal la atmósfera se percibía ligera, tenue, algo inverosímil. Me acerqué a uno de los mostradores de las líneas de autobuses. Un nombre en el tablero de destinos llamó mi atención: Catalania. Decididamente y sólo motivado por mi afición a los números de Catalan, compré un boleto para Catalania. Me dirigí al andén 1, de donde saldría mi camión, con el número 2; al mirar mi número de asiento, me percaté que sin darme cuenta había escogido el número 5. Esperé durante una hora a que mi autobús estuviera listo, no sin impacientarme y pensar con recurrencia progresiva en los números de Catalan, y en el posible aspecto de Catalania. La imaginaba como un pueblito fundado por catalalanes, y que, por lo tanto, era un lugar famoso por su buena butifarra.
     Finalmente abordé. Ya sentado, acomodándome y esperando que nadie se sentara a mi lado, o por lo menos nadie desagradable, recordé el número de mi andén, el de mi autobús y el de mi asiento: 1,2,5; intrigado, miré el reloj que estaba justo por encima del chofer: marcaba las 14 horas: 1,2,5,14; no le di importancia y me puse a mirar por la enorme ventanilla mientras pensaba que los asientos en el autobús estaban distribuidos según módulo 4: por ejemplo, el asiento 17 está del lado de la ventanilla y en la misma fila en que estaba mi asiento; más precisamente, los asientos cero módulo 4 están del lado de la ventanilla y no del lado del chofer, los asientos 3 módulo 4 están del lado del pasillo y no del lado del chofer, los asientos 2 módulo 4 están del lado del pasillo y del lado del chofer —aunque no en la fila del chofer—, los asientos 1 módulo 4 están del lado de la ventanilla y del lado del chofer, es decir, de mi mismo lado. Supongo que el asiento del chofer es el -3.
     Resoplé un poco: me quería concentrar. Siempre que voy a Oaxaca, me pongo a ver atentamente la ruta que toma el autobús: "cuando vaya en auto a Oaxaca..."; creo que es una buena ruta; pero siempre me intrigan los sonidos de la película en el autobús, y me atrapan: yendo a Oaxaca he visto buenas películas; así que termino sin darme cuenta cómo sale de la ciudad. En esta ocasión, me ocurrió lo mismo.
     Ya en la carretera, contemplando las nubes, los cerritos con sus arbustos ralos, la línea blanca de la carretera, los letreros, un número atrajo mi atención: 42; estaba escrito en una de esas paletas metálicas de fondo blanco y signos negros. Justo después, el autobús tomó el lado derecho de una bifurcación: ahora estábamos en el kilómetro 132. El último cartel que pude ver decía "km 429": el paisaje comenzaba a ponerse borroso por la increíble rapidez aparente con la que empezamos a movernos; aparente, porque el autobús no parecía sufrir ningún tipo de vibración o algo que pudiera esperar que fuera consecuencia de tal velocidad. Enseguida repasé en mi mente: "429 es el séptimo número de Catalan, 132 el sexto, 42 el quinto, 14 el cuarto, 5 el tercero, 2 el segundo y 1 el primero". Estaba desconcertado, asombrado, incrédulo, emocionado; reí por un momento; en otro, tuve miedo: "¿adónde voy?, ¿nuestra velocidad crecerá desmesuradamente? Lo más seguro, y quizás lo menos insólito, es que recorramos una espiral de longitud infinita; Catalania ha de estar en el centro, en el centro de la espiral".
     Llegamos en 30 minutos. Supongo que me encontré con todos los números de Catalan en una hora y media.
     Caminé por el pasillo del autobús con calma, mirando y sintiendo cada uno de mis pasos, avanzando pacientemente y con expectación, detrás de los más apresurados. Cuando llegué a los escalones que van a dar al tablero del chofer, miré al chofer de reojo: siempre creo que quieren que les dé las gracias —los choferes— alguno que está delante de mí es de los que lo hace, y eso me mete la duda: ¿tengo que hacerlo o no? Pero esta vez era distinto: lo miré de reojo porque pensé que tal vez me daría una pista del lugar al que habíamos arribado. Pero nada.
     Al salir del autobús, un aire fresco —más bien fresco por el contraste del aire acedo del autobús, como si hubiéramos viajado por horas— me sopló en la cara y en el cuerpo, refrescándome el rostro, las axilas y el vientre. Enseguida sentí hambre. Comencé a buscar alguna tienda de chucherías. Pronto me di cuenta que en Catalania no se hablaba español, o por lo menos el español no se escribía igual que de donde venía: todas las palabras de todos los letreros que vi tenían sólo dos letras, latinas por cierto. Rápidamente encontré una tienda. Tenían papas, cacahuates y gomitas, y otras chatarritas; en sendas envolturas se leían sendas leyendas: "papa", "uauauuauaa" y "ogoogogg" respectivamente. Tomé una bolsa de papa y fui con el tendero. Levanté la bolsa frente a él, sacudiéndola, suponiendo que me entendería, pero simplemente tomó otra bolsa de papa como la mía y la sacudió igual. Me animé y le dije "cuánto", en español. Tomó mi bolsita y la pasó por lo que parecía un lector de código; sólo aparecieron ceros y unos en la pantalla donde normalmente aparecen cantidades. "Binario", sonreí. Sin pensarlo mucho, pasé la cantidad a sistema decimal y le pasé el dinero, mexicano. Entonces me señaló una ventanilla a lo lejos, justo enfrente. Supuse que quería dinero catalanio, y que existía el dinero catalanio. Fui a esa ventanilla, cambié mi dinero y pagué con dinero catalanio, cuyos billetes eran todos de colores muy vistosos; había uno de un color púrpura muy intenso y brillante, con un edificio romanesco gótico en relieve por un lado y con el perfil de Eugène Charles Catalan por el otro, y sobre el edificio, estaba impresa una iridiscente espiral acotada de longitud infinita. A decir verdad, todos tenían, por uno de los lados, el perfil de Eugène Charles Catalan, y por el otro, una espiral iridiscente acotada de longitud infinita, lo cual me dejó francamente muy emocionado. Las monedas que me dieron eran de color cobre opaco; tenían, en una de las caras, un león estilizado parado sobre sus patas traseras sobre un fondo de franjas verticales; en la otra, la denominación y algún personaje que desconocía. Todo eso me hizo pensar en Lesotho. Tomé un tata (taxi), y al taxista le dije con gestos que quería dormir —acostándome sobre el asiento y fingiendo que roncaba—; no porque quisiera dormir, sino porque no se me ocurrió otra manera de decirle que quería ir a un hotel.
     El hotel se llamaba La On Lolo Trtr Momomo. Haciendo cuentas, sólo me alcanzaba para una noche. Salí a caminar.1

1El relato completo aparece en el libro Neftis Amonet y otros relatos.


9 de septiembre de 2008

Si j'avas eu l'pied marin dans'vie... (Dans le cimetière marin...)1

     J'ai fini par aller dans le cimetière à cause d'un cimeterre: dans le combat qu'est la vie, à la troisième partie de ma vie et d'un duel d'épées, si mon tiers, celui de mon corps, n'avait pas été un con bât, j'aurais pu, sûrement, empecher de me faire tuer. “S'y me tierce, s'y me tierce, je meurs”, je me suis dit.

1El segundo título se debe a que la minificción se me ocurrió al ver la barra de estado del hi5 de Franck, que decía “Dans le cimetière marin...” en el momento en que leí la barra.

© Enrique Ruiz Hernández

21 de marzo de 2008

Brandon Lee Gómez Martínez

Son las nueve de la mañana y sólo una tenue luz anaranjada logra traspasar las cortinas cerradas de la pequeñísima habitación de paredes algo mohosas por la humedad; Brandon sigue en su cama, sin ganas de levantarse, recostado sobre su lado derecho, produciendo pensamientos que pesan y se arrastran en la base de su cráneo "por la fuerte gravedad depresiva del planeta".
"¿Qué hora es?", saca su mano derecha de entre sus piernas, levanta un poco la cabeza, toma el reloj y lo mira como si las manecillas fueran apenas visibles por ser sólo hilos capilares; levanta las cejas, lo que arruga su frente, y con los ojos entrecerrados finalmente las manecillas son lo suficientemente anchas para ser vistas: "Son las 9:05, las 9:05, las... 9:05, las 9... :05... Ah, ya son las 9:06, las 9:06, las...". Pone el reloj en su lugar, recuesta su cabeza otra vez y vuelve a meter la mano entre sus piernas al mismo tiempo que un suspiro prolongado y de aburrimiento se le escapa de su boca halitosa y anaranjada por exceso de Cheetos.
Gira para acostarse sobre su espalda, saca su mano izquierda, la estira, la mantiene en el aire y la observa como un bebé aburrido:
"No hay nada de comer". Mira a su derecha y ve la bolsa de Cheetos arrugada por la intensa búsqueda de más y más Cheetos incitada por el apetito frenético por bajos niveles de serotonina, síntoma inconfundible de depresión prolongada; la bolsa está tan arrugada que inverosímilmente asemeja el rostro de un viejo payaso melancólico; Brandon le sonríe con empatía y se da cuenta que el universo le ha hecho un chiste triste.
Precipitadamente toma la bolsa de Cheetos y comienza a comer como si no lo hubiera hecho en días, para rápidamente ser interrumpido por el vacío en la bolsa, vacío que le recuerda el suyo en el estómago. Permanece quieto, catatónico, con la mirada perdida.
"No hay comida, no hay comida, no hay comida", se repite con la esperanza, por supuesto perdida, de así poder encontrar una solución con una mente que ya no reflexiona, que está irremediablemente vacía.
Lentamente se recuesta sobre su espalda, otra vez, y se duerme.

***
Brandon se despierta por el olor nauseabundo que sube por el hoyo de desagüe del lavabo; sin embargo, no se sobresalta; sólo abre medianamente los ojos, bordeados de lagañas amarillentas, secas y viejas, y con lagañas frescas como natilla en los lagrimales.
Está recostado sobre su lado derecho; levanta un poco la cabeza y mira con cansancio las manecillas ahora bien gordas y negras de sobrealimentadas por el hedor del lavabo:
"Ya son las 5... :17". Se quita las sábanas percudidas y sucias de meses y se levanta con tanta prisa, que haría creer a cualquiera que es un hombre ocupado y lleno de actividades, pero sólo logra sentarse.
Finalmente se pone de pie. Va al baño, caga, termina, y se moja un poco la cara, porque, como tantas veces vio de niño en las películas de la tele, piensa que así despejará su mente, pero al igual que las tantas veces que lo ha hecho, su mente permanece la misma: atorada, atrancada, paralizada, apopléjica.
Sale del baño; se viste; toma los mil quinientos treinta y cuatro pesos con cincuenta centavos que le quedan; abre la puerta de su pocilga, que llama casa; sale; cierra con llave; baja las escaleras; camina de prisa por el apenumbrado pasillo de la entrada apenas iluminado por el rectángulo de luz en el que se ha convertido el umbral de la puerta; sale, y es enceguecido por una luz blanca azulada dolorosamente brillante. Se recupera. Está sobre Leona Vicario. Mira con aburrición extática lo que le parece una repetición infinita de actos monótonos sin sentido: vendedores ambulantes con productos iguales y al mismo precio que los del vendedor contiguo, compradores de ambulantes que buscan al vendedor del mejor precio, bromas entre valedores que parecen déjà vu, transeúntes con caminar lento y mirada cansada que parecen no querer llegar nunca a casa o con caminar apresurado porque no tendrán comida si no se apresuran, y presente, la repetida y confusa sensación de que todo se repite.
"La Pagoda".
Camina sobre el asfalto entre la gente hacinada como ganado nervioso en un matadero y entre los puestos permanentemente improvisados de blancas rejillas de cuadrícula, ideales para colgar ropa, o para corral. Ya quiere llegar a Mixcalco: ahí los puestos desaparecen. Atraviesa Mixcalco, luego República de Guatemela, y se detiene a mirar con asombro melancólico y con una sonrisa como cuando se mira el mar con el sol en la cara, a un hombre sucio que baila extasiado y con los ojos cerrados, la música de merengue que sale de una bocina enorme colocada en medio del paso y dirigida a un altarcito de la virgen de Guadalupe, adornado con una diadema de globos azules, blancos y rosas; por un momento brevísimo siente una fiesta dentro; agacha la cabeza, y sigue caminando, ahora sobre Santísima. Baja al paso a desnivel; pasa al lado de dos comerciantes indiferentes con montones de bolsas inexplicablemente llenas de retazos de tela, de cartoncitos y de estuches de discos, y luego al lado de la iglesia de la Santísima, distraído por el follaje, las flores, los frutos, los querubines y las conchas de la fachada, mientras unos niños juegan con una pelota de hule anaranjada que hace un hermoso contraste alegre entre las paredes grises de los dos pasos a desnivel que se cruzan, Santísima y Emiliano Zapata. Dobla a la derecha apresurado, animado por la pelota; atraviesa Jesús María ya casi contento; sigue sobre Zapata, y es tentado de pronto por un jochero que grita con esmero "3X10 pesos" y que fríe salchichas en la cajuela de una guayín Chrysler ochentera de color negro y guinda abollada y que pierde ya la pintura. La inercia de la pelota lo impide detenerse. Atraviesa deprisa Academia, y ya sobre Moneda, siente ganas de comprarse un uniforme de policía mientras mira los aparadores con maniquís policías de color carne, color con que se les pinta la piel a los monitos en la primaria. Se mete al Proveedor Militar Sarra, pide el uniforme, se lo prueba ahí mismo, lo compra y sale con su bolsa de plástico azul celeste rotulada con una leyenda de letras doradas que dice "SARRA". Ya con menos ímpetu, cruza Correo Mayor; sigue sobre Moneda, y se detiene justo cuando pasa por enfrente del local de tacos de canasta al lado de El Nivel, el que "no tiene nombre, pero que es Tacos Pablito". Está inmóvil, indeciso, contrariado; el taquero lo percata; Brandon se da cuenta: avanza un paso, retrocede, avanza otra vez, retrocede de nuevo: el taquero lo mira con impaciencia y extrañeza; entonces Brandon se confunde más y mejor se va:
"Se me antojó un taco de canasta". Continúa; pasa por enfrente de la Catedral, ya algo ansioso por el incidente con el taquero, y tropieza con una mujer empantuflada vieja pero no tanto que va en silla de ruedas y que es empujada por un hombre cuarentón con sobrepeso: Brandon miraba las nalgas sabrosas y redonditas de una niña de unos 14 años, forradas con unos pantalones blancos bien bien apretados que dejaban ver a través una tanga que echaba a volar la imaginación. La niña voltea hacia la pequeña trifulca, levanta el pecho y se sube un poco los pantalones para que estén más apretados. [Algo pasa con la niña, en la mente de Brandon]. Más adelante todavía, sobre la acera de la Catedral, se encuentra con una poco inspiradora estatua viviente blanca de gafas oscuras, vestida con una gabardina blanca, larga y laxa, que le explica a un niño su "interesantísimo" oficio de permanecer quieto, como Brandon en su cama. Atraviesa Républica de Brasil; continúa por Cinco de Mayo, y comienza a sentirse cansado, al igual que los hombres grises de piedra gigantes que sostienen el frente del edificio Cántabro. Su estómago gruñe. Camina más deprisa. Ve la Palestina, esa tienda de artículos de piel que tiene hermosas marquesinas negras de herrería y que está ceñida por una baranda dorada protegida por unos caballitos terrestres que parecen de mar: se siente cerca, se imagina lo que va a comer: unas colosales enfrijoladas rellenas de pollo y rociadas con pedacitos de chorizo algo plásticos pero que bien acompañan el platillo. Ve el toldo rojo, se emociona y esboza una pequeña sonrisa ladeada casi imperceptible. Está enfrente de la entrada, contento, mirando el pasillo de piso blanco bordeado a la derecha por rosados y acolchados gabinetes tan grandes como para gigantes y a la izquierda por la barra, usada por solitarios o por parejas de amor que se aventuran a no sentarse tan pegaditos o de frente para verse las caras. Adelanta lentamente la pierna derecha mirando el piso con las manos agarradas entre sí, detrás de la espalda, como alguien que vive con calma, los éxitos en la vida; su pie se planta: está dentro.

***
¿Tu nombre?
—Brandon.
—¿Una persona?
—Sí.
—Orita te llamo.

***
—¿Barra está bien?
—Sí.
Brandon lo sigue hasta el banquito giratorio con tapiz rosado que el asignador de lugares le señala a la vez que le extiende la carta. Se sienta.
—¿Qué te sirvo para tomar, mi vida? —le dice una mujer como de 60 años, de cabello corto y claramente teñido (para disimular las canas), con los labios pintados de color rojo-fucsia o magenta oscuro y en el habitual vestido naranja pastel, mientras limpia la zona de la barra que cualquier niño o humano territorial pensaría que le toca a Brandon a pesar de la ausencia de líneas de demarcación.
—¿Boingues de qué tiene?
—Fresa, mango, guayaba, manzana... —mira con algo de incertidumbre hacia la repisa con Boings.
—¿Tiene de tamarindo? —se atreve a preguntar a pesar de que sabe que la probabilidad de encontrar un Boing de tamarindo es baja pero no desanimante.
—Déjame ver, ¿sí?, es que luego hay —responde, y se va a la derecha a algún lugar que Brandon imagina que está lleno de rejas de refresco hasta hacer torres que forman pasillos muy estrechos y laberínticos que sólo el muchacho moreno de cabello hirsuto y mojado de pantalón gris, camisa blanca, zapatos negros ya muy viejos y mandil blanco supersucio conoce como la palma de su mano.
La mesera vuelve con un rostro atariado pero relajado, casi feliz: "Sí hay, corazón".
—Gracias —le clava la mirada fascinada a la botella de líquido café que parece agua sucia sacada de un tinaco lodoso.
—¿Ya sabes qué vas a querer de comer, mi vida?
—Sí, unas enfrijoladas —responde con los ojos bien abiertos, trémulos y brillantes: a modo de ánime japonés.
Después de unos diez minutos, le traen sus enfrijoladas.
Como sabe que será un festín, saca protocolariamente el tenedor y el cuchillo de la envoltura hecha con una servilleta, blanca, no naranja pastel, como de pronto imagina que podría ser, para combinar. Hinca el tenedor en la tortilla y mueve para adelante y para atrás el cuchillo que se hunde y se pierde en esa salsa espesa que son los frijoles; pica bien el trozo, para que no se le caiga ridiculamente mientras lo lleva a la boca; lo remoja en los frijoles, y de manera que queden pedacitos de ese queso artificialmente rayado, para que se hagan intermitentes contrastes de sabor en su boca: frijoles y trocitos de queso; lo mete en su boca; cierra los ojos, y respira profundamente mientras mastica y pasa de un lado a otro en la lengua los frijoles con trocitos de queso, lo que hace más intensos los sabores; podría ser un pequeño momento de meditación:
"No mames, tan bien buenos los frijoles".
Los trocitos de chorizo contrastan con el pollo.
Remueve el popote dentro de la botella para eliminar las dos capas de distintas densidades en el jugo de tamarindo, chasquea los dientes al tratar de sacar un trocito de chorizo atorado entre las muelas y se bebe, sin detenerse, todo su boing. Termina con un Aaaaaaaah.
Espera a que la mesera sesentañera pase para pedirle la cuenta cuando, de repente, nota a una mesera bicolor por vitiligo, de ojos grandes y rasgados, labios gruesos, nariz con alas levantadas, como la de un toro bufante: rasgos todos que dejan ver el furor y la libido latentes contenidos sólo por la barrera de los malos hábitos de malas relaciones: un hermoso animal salvaje bravo e ingenuo que pide ser liberado:
"Ella no sabe que es bien jariosa; nomás hay que quererla".
Finalmente pasa la sesentañera querendona.
—Me trae la cuenta, por favor.
—Sí, como no, mi vida.
"Barra 6", grita la mesera hacia la izquierda.
—Aquí tienes, corazón. ¿Me podrías dejar un comentario de mi servicio? —le pide la querendona traqueteada por los radicales libres y unos telómeros de longitud promedio, con un tono más suave todavía y con una cabeza pedigüeña que sube y baja.
—Gracias.
Busca en su bolsillo derecho; palpa los billetes y trata de adivinar la denominación por la sola textura y tamaño, cosa que no logra, así que saca, casi furtivamente, su fajo de billetes sin liga—no quiere que vean que trae mucho dinero—; toma uno de quinientos porque quiere cambio, va a la caja, paga, le dan su cambio, vuelve a su banquito giratorio y deja la propina. Camina hacia la puerta por donde entró, tan rápidamente y con tanta determinación, que la mesera bicolor por vitiligo bruscamente voltea y apenas alcanza a mirar de reojo la estela de movimiento y de sombra: una mano invisible y abstracta acarició dulcemente su pepita. Brandon está afuera.

***
Levanta el brazo derecho para detener un taxi; un taxi blanco con una franja roja clara en los costados se detiene; abre la portezuela, y se sienta al lado del taxista.
—¿Adónde lo llevo?
—Este... Yo le voy diciendo.
—Usté me dice.
—Este... Tome el eje central, y doble a su izquierda en la calle que está atrás de Bellas Artes; de ahí, váyase todo derecho hasta Reforma; ahí, dobla a la izquierda.
—Como no —asiente el taxista—. ¿Ya a descansar o a trabajar? —interrumpe la ya comenzada abstracción que hace Brandon.
—...voy a... descansar —responde titubeante, ya que todos sus pensamientos han quedado revueltos: vuelan como hojas sueltas por el viento de una voz que sopla.
Llegan a Reforma, y doblan a la izquierda.
—Esteee... Se mete a Insurgentes cuando llegue a Insurgentes, por favor.
—Como no —amablemente responde, otra vez, el taxista.
—Este... Ya estamos cerca; doble a la derecha, por favor.
—¿Por aquí vive?
—...no-o.
—¡Viene a ver a la novia! —dice con un tono sátiro, mientras mira por el retrovisor con unos ojos enmarcados, por debajo, por unas arrugas arriba de los pómulos, que bien indican una sonrisa pícara y traviesa.
Brandon se percata que lo mira, y se encuentra con esos ojos risueños y metiches.
—Sí-í.
Brandon se da cuenta que ha llegado.
—Aquí, por favor.
—¿Aquí?
—Sí, por favor; ahí, detrás del vocho rojo, por favor.
Brandon mira el taxímetro, saca un billete de cincuenta pesos y paga. Le dan su cambio, y mientras sale, dice "gracias".

***
Está sobre Hamburgo. Se pone a caminar, mirando los establecimientos. Se detiene frente a una entrada cuyo paso es rápidamente interrumpido por un muro que obliga a entrar por un costado, hacia la izquierda. Entra.
Todo el lugar está iluminado con luces negras y rojas tenues, lo que hace que las camisas de los meseros se vean de color azul o morado fosforescentes, al igual que las líneas blancas del suéter de Brandon. En el centro del lugar, hay una pista rectangular bien iluminada desde el techo; ésta, tiene una baranda en dos de sus lados paralelos, y está rodeada por chaparritas mesas circulares que, a su vez, están rodeadas por chaparritos sillones con respaldo circular; todos estos, mesas y sillones, sumidos en la penumbra azulada rojiza: los rasgos de la cara, así, son menos distinguibles o más difusos: se es menos feo o más hermoso, se es menos reconocible o más desconocido: se es menos inhibido o más libertino: se está desatado. A la derecha, pegado a la pared, más o menos a la mitad del lugar, hay un hombre cincuentón rodeado por cinco mujeres, sentado como un hombre poderoso:
"¡Parece narco!". El lugar está casi vacío: sólo está ocupado por cuatro o cinco hombres que parece que no se divierten, que están, más bien, a la expectativa, y por el hombre sultánico, y Brandon; en las esquinas más cercanas a la entrada, hay grupitos de tres, cuatro mujeres, vestidas con ropas que se antoja quitarles, que platican y se carcajean animosamente.
Atrae la atención de Brandon una mujer joven que camina soltando la pierna justo al final del paso, de manera que cae, casi completa, la planta del pie, y se levanta, por tanto, la nalga del mismo lado: como si mascara un chicle con las nalgas; está vestida con una chaqueta de plástico de color blanco, rojo y tal vez azul marino, y con un chor blanco tan corto y apretado, que sus ricas nalguitas curvilíneas y mordisqueables se ven realzadas y sus piernas largas y carnosas se desbordan de las valencianas; lleva unas botas largas y negras, de cuero o de plástico, de tacón alto, por supuesto. Brandon sólo la mira pasar frente a él: casi saca la lengua para lamerla.
Un mesero se acerca y le pregunte si viene solo; a lo que Brandon contesta que sí. El mesero lo lleva a una mesa.
—¿Qué te traigo de tomar?
—Una Negra Modelo, por favor.
Mientras espera su cerveza, busca casualmente a la nalgas-masca-chicles: discretamente mira a su derecha: nada; discretamente, a su izquierda: el presunto narco.
—Aquí tienes. ¿Alguna chica que quieres que te traiga?
—Hmmm, no sé, no las conozco. A ver, tú, ¿cuál me recomiendas?
El mesero hace una sonrisa tonta y pícara: ya se le ocurrió a quién llevar; mira para todos lados, y dice:
—A ver: espérame tantito; orita te traigo una.
La nalgas-masca-chicles camina altivamente hacia la mesa del poderoso; Brandon prefiere mirar para otro lado. Agarra su cerveza, le da un pequeño trago y aprieta los labios.
"Aquí sta", aparece el mesero con una mujer de 1.80 de alto, vestida con un vestido plateado muy corto. "Es la mejor de todas", le dice a Brandon, mirándola, mientras le toma el brazo con la mano, a la vez que sonríe orgulloso de recomendar a ese mujerón. Ella mira a Brandon con una sonrisa de
"mira, qué tierno".
"A ver, mi amor", dice aquel mujerón con un acento argentino. Brandon la deja pasar, mirándole, según él, discretamente las piernas. Ella se sienta en el sillón que está al lado derecho de Brandon. Él la mira con una sonrisa que no muestra los dientes.
—¿Querés que me siente en tus piernas? —le dice la argentina; lo quiere complacer.
—Bueno —contesta, como si no tuviera importancia, como si todos los días una mujer desconocida se sentara en sus piernas: él quiere, sin que ella se dé cuenta, ver cómo se le levanta ese vestido plateado cuando se sienta, qué tanto se le ensanchan las piernas cuando se aprieten contra las suyas, cómo se aprietan los muslos contra ese enfaldo de carne en que tanto se antoja guardar una mano.
Ella se sienta. "Me llamo Jessy. ¿Vos, cómo te llamás?". "Brandon". Ella levanta la mano para llamar al mesero y le pide algo de tomar. A Brandon se le entume la pierna derecha. Nada fluye. Jessy quiere hacer plática hablando de futbol, pero a Brandon no le interesa, aunque sí la escucha. El tiempo pasa y pasa, y Jessy no para de hablar hasta que finalmente dice: "¿No querés un privado?". "Sí", contesta Brandon, sin mostrar emoción o algún cambio de ánimo más que esa sonrisa que ha tenido desde que Jessy apareció. "Mirá, es a él al que le tenés que decir", le dice Jessy, al darse cuenta que está con alguien que es como un niño, al que hay que decirle a quién se dirija cuando va a pagar con una moneda en la tiendita. Brandon levanta el brazo para llamar al expendedor de boletos de privados. El expendedor llega y Brandon le pide dos boletos. "Por aquí, por favor", le dice el expendedor, y le muestra una habitación con un estrecho pasillo que tiene por un lado un muro y por el otro los accesos a los cubículos, que están uno al lado del otro. Brandon y Jessy se meten a un cubículo que está más o menos a la mitad del pasillo.
Jessy lo sienta y sale del cubículo, caminando hacia atrás. Justo cuando llega al muro, se pone a bailar: se quita el vestido a la vez que pone bien derechas las piernas, empujando hacia atrás las nalgas: las tetas quedan al aire, no trae más que una tanguita de color blanco. Junta las piernas, se agacha sin doblar las rodillas: su cabello casi llega al piso, y comienza a subir lentamente, con las manos pegadas a sus muslos; cuando está completamente erguida, su cara queda completamente cubierta por sus cabellos, por los que se asoman, a la altura del pecho, unos pezones oscuros, grandes y carnosos: piden ser chupados casi hasta el dolor. Entonces, separa un poco las piernas, coloca sus manos en la cintura, flexiona un poco las rodillas, empuja hacia atrás las nalgas, saca las tetas, sus pezones quedan mirando hacia los ojos de Brandon; esta contorsión la repite varias veces. Se acerca a Brandon, abre las piernas y se sienta sobre él. Lo besa, él la besa de vuelta, se besan. Jessy le acerca las tetas a la cara. Brandon comienza a chuparle las tetas. Los pezones se yerguen, se aprietan. Brandon les pasa la punta de la lengua, rodeando el pezón, pasando el costado de la lengua sobre la areola; hace otras tres o cuatro vueltas sobre el pezón; los mordisquea, primero el izquierdo, luego el derecho. Jessy se separa colocando la mano sobre la boca de Brandon; le mete los dedos en la boca. Brandon los lame, los chupa. Jessy mueve la cabeza a la derecha y a la izquierda, luego se encorva hacia atrás. Brandon la toma de la cintura, siente sus caderas que se ensachan por el doblez de la piernas, lo que lo excita, y comienza a mover a Jessy de adelante hacia atrás, de adelante hacia atrás. Jessy responde, moviéndose de adelante hacia atrás. Las respiraciones se hacen jadeantes. Jessy lo acerca para abrazarlo. Brandon queda cerca del cuello y comienza a besarlo; lo succiona, lo estimula enterrando levemente los dientes sobre los músculos del cuello de tal manera que éstos resbalen. Jessy se levanta, se gira y se sienta ahora de espaldas. Brandon vuelve al cuello, le toma las tetas con las manos, por debajo de los brazos; comienza a bajar su mano derecha hacia los calzones; mete la mano; baja, baja, baja: encuentra lo que busca; se da cuenta que Jessy está rasurada: siente, con las yemas de los dedos, los poros saltados y ásperos; mueve su mano de derecha a izquierda para palpar la hendidura; siente la hendidura; coloca un dedo en cada lado de la hendidura para separar los labios. Jessy mueve la cabeza hacia atrás para encontrase con la cara de Brandon. Son interrumpidos por una voz de hombre que, a lo lejos, dice: "Se terminó".
Antes de que se levanten, Brandon le dice al oído: "Traigo un traje de policía".
Jessy se levanta. Brandon se queda sentado, jarioso: "Chale, nomás lo dejan con ganas a uno". Brandon se levanta, se le acerca y le dice: "Te espero en la puerta de salida".
Brandon va a su sillón, le paga al mesero, toma su bolsa de SARRA y se va al baño. Ahí se cambia, pensando en la humedad de la panochita de Jessy; cierra los ojos: quiere tener más presenta la humedad de Jessy; baja su mano derecha y se aprieta la verga parada, se la jala; se suelta: "Al rato".
Jessy se viste y también va al baño: no quiere que sus calzones queden llenos de humedad. Ya en el cubículo del retrete, de pronto, justo después de que limpia la humedad, baja su mano izquierda y desliza su dedo índice sobre la abertura todavía húmeda; se mete el dedo, lo saca, se toca el clítoris, y lleva el dedo a la boca, lo chupa y lo saca suavemente de su boca. Levanta la mirada, la deja fija en la pared: la libido y el rumor de una redada están sobre la balanza; no tiene permiso de trabajo: se inclina la balanza: prefiere irse con Brandon.
Jessy está en la puerta. Brandon camina por el pasillo más oscuro y se dirige a la puerta. Toca el silbato. Todos voltean, ven una silueta de policía: unos dicen en voz alta, otros en voz baja: "Puta madre, la tira". Brandon toma a Jessy del brazo, y salen. En el interior todos están confundidos; algunos se preguntan si los policías todavía usan silbatos. El gerente se da cuenta: "Puta madre, ese güey ni madres que era policía, chale". Brandon y Jessy ya están muy lejos del lugar.
Brandon y Jessy se ponen a jugar al policía y la puta arrestada pero ganosa.

***
Brandon y Jessy se van a un lugar algo oscuro y poco concurrido. Mientras caminan por la acera, forcejeando un poco, de pronto, Brandon la lleva hacia un muro y la pega contra la pared, con el rostro en el muro, y le dice "separa las piernas; te voy a revisar", a la vez que mete su pie derecho entre los pies de Jessy, aventándolos para los lados, lo que abre las piernas de Jessy. Brandon empuja su mano derecha sobre la espalda de Jessy. Se agacha, sin aflojar su mano en la espalda; entonces, empieza a subir lentamente su mano izquierda por la pantorrilla izquierda, pasa la mano suavemente a la parte interna de la pierna, sube poco a poco, jala con fuerza el vestido para que se levante, vuelve a la parte interna de la pierna izquierda; entre más se va acercando a la panocha, más lento desliza su mano. Jessy comienza a gemir. Brandon llega, pasa la mano sobre la panocha, y ahí la deja; entonces, aprieta un poco la mano. Jessy gime un poco más fuerte, sólo un poco. Brandon afloja la mano. Sigue por la parte interna de la pierna derecha. De pronto, Jessy se da media vuelta y le dice: "Metémela", con un sobrecito de condón en su mano izquierda. Jadeando e interrumpido, Brandon la mira a la cara, luego el condón. Rápidamente se afloja el cinturón, se desabotona el pantalón, baja el cierre, baja el resorte de sus boxers, y sale una verga bien erecta que hace un pequeño sube y baja, como una catapulta que rebota por la gran tensión a que estaba sometida. Jessy baja la vista, pero casi no puede ver; sube un poco su mano derecha, la palpa, la aprieta, la aprieta más y más fuerte. Brandon gime. Jessy la jala, lo comienza a masturbar. Brandon le dice: "Chúpamela, chúpamela". Ella se pone en cuclillas; primero le pasa la lengua suavemente, por el glande; éste se hincha más todavía a la vez que la verga tiene un espasmo. Jessy lo mete a su boca. Brandon siente el calor y la humedad de la boca de Jessy; se excita más y la toma de la cabeza: comienza a moverla de adelante hacia atrás. Jessy sigue ese vaivén. Con los labios, por el vaivén, siente el borde del glande, lo que la excita, la hace gemir. La saca de su boca, la frota para secarla, abre el sobre y le pone el condón. Brandon le sube el vestido por completo y le baja los calzones. Ella lo detiene: no quiere que sus calzones toquen el suelo, así que se agacha un poco, levanta su pierna derecha, saca la pierna derecha del calzón, mantiene en el aire los calzones y repite la operación con la pierna izquierda. Guarda sus calzones en su pequeñísimo bolso de mano. Brandon la toma de la cintura, la acerca agachándose un poco, para que la verga quede entre las piernas de Jessy. Al sentirla, ella hace un gemido. Él se mueve para adelante y para atrás. Jessy se humedece más, le agarra la verga y la mete, lentamente. Brandon se excita y comienza a moverse, cada vez más rápido; empuja a Jessy contra la pared y le abre más las piernas, de manera que ella esté como sentada a horcajadas: ella es mucho más alta que él. Los dos se empiezan a mover, más y más rápido. De pronto, ella le pone la mano en el pecho, lo que hace que Brandon se mueva más despacio, más lento; se detiene, y la saca. Se agacha: "Yo también quiero". Comienza a chuparle la panocha. Jessy comienza a gemir con más frecuencia. Brandon mete la lengua lo más que puede, la agita un poco en el interior. Ella gime más fuerte. Él saca la lengua y sube un poco: quiere sentir el clítoris en la lengua; lo encuentra, y mueve la lengua de todas las formas que se le ocurren: la aprieta contra el clítoris, la mueve rápidamente hacia arriba y hacia abajo, la mueve en círculos alrededor del clítoris, vuelve a apretar, círculos, subibaja, círculos, aprieta, círculos, subibaja, aprieta, aprieta más fuerte, círculos. Se detiene. Sube y se la mete lo más rápido que puede. Sus gemidos se hacen muy fuertes, más fuertes, más fuertes. Primero llega Jessy, luego Brandon, todo en unos gritos mezclados, superpuestos, que se oyen hasta casi una cuadra: los transeúntes cercanos se detienen, tratan de ver de dónde viene, pero ya no oyen más. Todo vuelve a la normalidad.

***
El aire está seco y la noche está fresca, pero no demasiado: hay una calma que se percibe vacía, hueca, ligeramente terrible, tediosa.
Brandon está sentado sobre una plataforma blanca que está casi enfrente de la salida de la calle Génova, casi enfrente de la estación del metrobús Insurgentes; mira a la gente que baja por Génova, que viene desde algún antro, después de haberla pasado más o menos bien: alguno estuvo solo, sintiéndose poco, mirando a los otros reír en una mesa llena de vasos de alguna bebida alcohólica, muy probablemente un coctel; otros estuvieron con amigos, olvidando su situación, riéndose de las historias del que siempre tiene las anécdotas más inverosímiles y más ridículas. Sin embargo, todos vuelven a su casa, recordando que están solos y que quisieran tener a alguien a su lado o recordando que están con alguien que ya no quieren más, que los hace sentir insatisfechos.
Brandon los mira bajar, iluminados por una luz rosa-amarilla y sobre un fondo de establecimientos baratos y de vigas de acero —el metrobús, con un paso que no muestra ni prisa ni lentitud, con un paso involuntario: vuelven porque tienen que volver. Levanta la cabeza y se encuentra con la enorme pantalla que está por encima de la marquesina de lo que fue un cine. En la pantalla se ve a un hombre gordo de chaleco gris con una camisa blanca que notablemente hace como si estuviera congelado pero que tiembla porque no es capaz de permanecer inmóvil. Brandon deja una mirada perdida y fija sobre la imagen. De pronto, justo abajo de la imagen, ve un letrero que dice "Impactrónica": Brandon esboza una sonrisa en su imagen interna; afuera, ni un gesto. Brandon baja la mirada. Mira los establecimientos de enfrente: en el extremo derecho, un establecimiento de maquinitas de videojuegos cuyos ruidos son el sonido de fondo: el grito aparentemente en japonés de algún arte marcial quizás ficticia: "Aduken", el tronido del disco en las orillas de la mesa de hockey, los ruidos del motor de un auto a toda velocidad en una ciudad simulada, los disparos láser, la música electrónica de un videojuego de baile; al lado, una librería ya cerrada; luego, un Domino's; casi en medio, la estética unisex Wao, donde al salir, "después del corte, todos te dirán "wao"; en el extremo izquierdo, un restaurante sin nombre o cuyo nombre es Restaurante. Brandon se queda mirando el interior: todo está iluminado por una luz amarilla, aburrida; sólo hay una pareja comiendo, sentados en unas sillas naranjas, del mismo color que los carros del metro, un color setentero y moderno. Por encima de la pareja hay una falsa cornisa inclinada de falsas cerámicas amarillas de madera que le da un mal logrado toque melancólicamente campestre y feliz al restaurante. Hay un mostrador del lado izquierdo atendido por un ocioso. Todo se ve tan tedioso, que se antoja borroso. "¿Ahora qué?". Brandon se levanta y se va.

***
Las puertas se abren. Apenas si puede entrar. Mira hacia atrás con la esperanza de encontrar un asiento vacío. Entre el poco espacio que se abre, logra ver un hombre sentado, dormido, en el asiento de la ventana, que está extrañamente rodeado por un vacío de gente, un halo o campo de fuerza que impide a los demás acercarse. Al lado del hombre dormido, un asiento vacío: "Yo ahí me siento". Sin reflexionar mucho sobre el halo, se abre paso entre la gente. "Con permiso... con permiso... con permiso... perdón... con permiso". Se da cuenta que el halo es más amplio de lo que vio: al lado del asiento no hay nadie de pie. Se sienta. De pronto, es golpeado por un olor nauseabundo, un olor a camión de basura. Se da vuelta a la izquierda: hay un hombre con la nariz roja, descarapelada en la punta, vestido con unos pantalones grises sin cierre y con un suéter cerrado de color ladrillo, con las mangas y la parte baja ennegrecidas. Después de unos 10 minutos, el hombre despierta. Gira un poco la cabeza a su derecha. Brandon voltea y se encuentra con unos ojos rojos, muy rojos.
—¿Ya llegamos a Tlatelolco? —pregunta el hombre.
—No, todavía no.
—Llevo cuatro días tomando —tiene la mano en la frente, la cabeza de lado, hacia la derecha, mirando un poco de reojo, los labios resecos: parece que quiere que le digan que no lo haga: que no tome, que no le hace bien.
—¿Cuatro días? —no sabe qué otra cosa decirle, no quiere meterse en la vida del hombre, así que sólo repite parte de la afirmación en forma de pregunta.
—Sí... —se interrumpe como para reflexionar— desde el martes... levanta la mirada: no está seguro—. Llevo cuatro días tomando —repite como si fuera una hazaña preocupante.
—¿Y por qué tomas tanto?
—¿Sabes lo que es abrir a un niño? —le dice, con la cabeza de lado, la mirada desde arriba, en tono algo pedante.
—...No —contesta tardíamente: no sabe de qué está hablando.
—Soy patólogo —sigue, con ese tono patético y pedante.
—¿Patólogo? —simula un poco de asombro, pero más bien está fascinado; quiere saber más.
—Abro los cuerpos —se enderaza en su asiento, mira al frente, coloca sobre su pecho su mano derecha simulando un cuchillo y comienza—: mira, primero se corta así —con el borde del lado del meñique hace un corte hacia abajo, hasta la cintura—, luego así —ahora hace un corte perpendicular al primero, sobre el pecho, y abre.
—... —mira con fascinación, imaginando las vísceras, la sangre, la palidez del cuerpo.
—¿Alguna vez has abierto a un niño? —lo mira con un gesto de desazón, de terror, de clemencia.
—No —confiesa sinceramente, mientras piensa: "Pero sí lo haría".
—Mira, éstos son del hospital —se levanta un poco del asiento, sin quedar de pie, y pone sus manos sobre sus pantalones; vuelve a sentarse—. Mira —le extiende un papelito enmicado como de 10 cm por 7 cm donde se puede ver una foto-mancha-de-Rorschach y el nombre Alberto Ballesteros Gutiérrez.
—¿Ahí trabajas? —le señala el nombre del hospital sobre la tarjeta.
—Trabajo en la Clínica 4. Vas y preguntas por José Rangel Benitez.
—Ok —asiente: "¡Qué extraño!".
—Así no se puede vivir.
—Ya no tomes. Mira cómo estás: hueles muy mal. Cuando me subí, no había nadie alrededor tuyo —dice, algo aprehensivo: no quiere que se altere: está borracho.
—No, si no es que yo quiera —dice, colocando sus manos sobre el asidero del asiento de enfrente, agachando la cabeza y girándola de izquierda a derecha.
—¿Y por qué no dejas de trabajar de eso? —cree que ha encontrado una solución.
—No, no puedo: de eso vivo.
—A ver: ps ¿cuánto ganas? —cree que si sabe la cantidad, se le ocurrirá algún trabajo en el que paguen lo mismo.
Ocho mil pesos.
—¿Ocho mil pesos? —se repite: no se le ocurrió nada.
—Sí —cabecea.
—Mmmh —mira al frente: ha perdido el interés en encontrar una solución...—. Aquí me bajo.
José Rangel Benitez echa una mirada patética, algo descompuesta, perdida hacia Brandon.

***
Baja en Metrobús Revolución. Camina sobre Puente de Alvarado, entre putos, policías y niños de la calle. Llega a la Alameda. Desde afuera se ve muy oscura, oscurísima. Ya adentro, se siente más iluminada, la penumbra no es una total oscuridad. La atraviesa. Pasa por detrás de Bellas Artes. Se va todo Tacuba hasta Mixcalco. Dobla a la izquierda. Está sobre Leona Vicario. Saca su llave, abre la puerta metálica negra de su edificio. Recorre el pasillo de la entrada, rodeado por las imágenes espectrales formadas por la pintura descascarada de las paredes. Sube las escaleras casi arrastrando los pies: ya está muy cansado. Llega al piso de su pocilga, mete la llave y gira la llave jalando la puerta: tiene truco. Entra. Bota por ahí la bolsa de SARRA con el uniforme, se va a su cama, se recuesta sobre su espalda, gira a su izquierda y toma del piso un libro de medicina, incompleto, abandonado, que encontró ahí cuando se mudó: Tratado de Fisiología Médica.
Se quedó dormido leyendo.1

1Este relato está, con unos pequeños cambios, en el libro Neftis Amonet y otros relatos.

30 de octubre de 2007

Adivina adivinanza. ¿Qué tiene el rey en la panza?


El lunes 4 de septiembre de 2006 escuché a conocidos, cuates y amigos discutir sobre el porqué de la tabla de verdad del 'si... entonces...' Me llamó mucho la atención; me hubiera gustado comentar, pero como había sólo personas por lo menos conocidas, no me sentí con la suficiente confianza como para decir algo. Esa discusión me dejó pensando.

Una de las tareas que se dejó a los alumnos de Álgebra Superior I fue demostrar que dos igualdades de conjuntos eran equivalentes: la distribución de la unión sobre la intersección y la distribución de la intersección sobre la unión. Lo que hizo la mayoría fue demostrar que ambas eran ciertas. No sabía cómo calificar ese problema: ¿está bien o mal? Antes de que todo me quedara claro, decidí ponérselo mal con la siguiente nota: “Hay que demostrar que si la primera igualdad es cierta entonces la otra también es cierta, y viceversa”.
     Ahora lo tengo claro: dado un universo de discurso —si se parte de cierto número finito de axiomas, por supuesto, además de los de la lógica clásica— hay que verificar que no es posible, en el caso de la equivalencia, que se dé el caso de que dos afirmaciones tengan distintos valores de verdad; tal verificación se puede hacer de dos maneras:
O mostrar que siempre es el caso que las dos afirmaciones son ciertas o las dos son falsas. O mostrar que dada que una es cierta, la otra tiene que serlo, y viceversa.
     Nunca he visto que cuando se quiere demostrar la equivalencia de dos afirmaciones, se demuestre suponiendo la falsedad de una para concluir la falsedad de la otra... Ay, qué tonto, por supuesto que no puede ser así, pues los argumentos válidos sólo sirven para obtener de premisas verdaderas conclusiones verdaderas: jajajajajajaja.1

© Enrique Ruiz Hernández

1Este relato aparere, con unos pequeños cambios, en el libro Neftis Amonet y otros relatos, aunque yo diría que, más bien, con una pequeña corrección.

29 de septiembre de 2007

Segurito es un matón

Había unos hombres a la entrada de la puerta, todos con sombreros, verdes, extrañamente, si se piensa con detenimiento y cesudez. Uno llevaba una pistola dorada, posiblemente de oro de 24 kilates, como todo hombre que se quiere dar a respetar. Los demás simplemente lo imitaban. Impresionados por aquel hombre de pistola dorada seguramente de oro, abrimos un poco los ojos de asombro pero lo sufientemente poco como para pensar que el hombre de la pistola dorada no se hubiera dado cuenta.
     Depués de unos segundos todo volvió a la normalidad: hombres que juegan a las cartas mientras se beben un tequila, un pulque o un mezcal; mujeres vehementemente maquilladas hasta casi hacer desaparecer sus rasgos frescos, lozanos y jóvenes o caducos, marchitos y viejos se pasean entre los ebrios, jugadores y simples parroquianos que sólo quieren apaciguar su soledad; dos cantineros que entienden de gestos cualquier deseo de los clientes: una mano levantada con pesadez y dejada caer prontamente, un tequila; los dos brazos recargados con negligencia y aparente despreocupación, un pulque; una inclinación hacia la barra con una mano que pide acercamiento para ser escuchado atentamente por el cantinero, un mezcal.

     — Nunca había visto una pistola como ésa —dije en voz baja, casi entre los dientes y con los ojos dirigidos hacia el grupo de hombres con sombreros verdes.
     — Ni yo tampoco —dijo Maclovio con indiferencia mientras miraba sus cartas.
     — Segurito es un matón —dijo Lencho con harta seguridad mirando de soslayo al grupo de hombres con sombreros verdes, bajando y subiendo la vista, por miedo a tropezar su mirada con la del hombre de la pistola dorada. Lencho siempre ha sido un collón.
     — Segurito que sí —enfaticé, con una mueca en que las comisuras de la boca hacen una herradura con los extemos hacia el piso, con seguridad mecánica y aparente reflexión pues.

Los hombres con sombreros verdes caminaron entre las mesas, el de la pistola dorada por delante, los otros detrás de él; éste lo hacía mirando de un lado al otro, con superioridad, soberbia, con tanta seguridad y tanta temeridad que hasta los perros que descansaban en el suelo se levantaban chillando a su paso; los otros no eran nada: simples seguidores, lacayos lamebotas que hasta el más débil simún asustaría.
     El hombre de la pistola dorada levantó su mano derecha con pesadez y la dejó caer prontamente sobre la barra. El cantinero más gordo ya estaba sirviendo un tequila. "Un tequila", reclamó el hombre de la pistola dorada. Justo cuando el cantinero llevaba el tequila listo, el sudor en su mano lo traicionó: pasmado, vio caer con una lentitud sobrenatural el caballito de tequila. Crrrsh: alzó rápidamente su mirada hacia la del hombre de la pistola dorada. "Imbécil", gritó éste. "Tráeme otro".
     Maclovio se levantó de su silla, ruidosamente. Los hombres con sombreros verdes voltearon, lo miraron, salvo el de la pistola dorada.
     — Nadie le grita "imbécil" a mi amigo —reclamó Maclovio.
     — Yo le grito "imbécil" a quien me venga en gana, imbécil —dijo con desafío, con su mano pegadita en la funda de su pistola color oro, como el de un buen mezcal de gusano.
     — ¿Tons qué? ¿Afuera? —dijo Maclovio como si invitara a un niño a un duelo de canicas.
     — Ja. Seguro —dijo con tanta confianza que todos pensamos: pobre Maclovio, ya se lo cargó la chingada.

Algunos en el pórtico, como yo, y otros detrás de las ventanas, mirábamos al hombre de la pistola dorada y a Maclovio enfrentados con un temor que apretaba el cuello y cerraba la garganta pero con una postura tan indiferente que nadie veía nuestro miedo, ni yo en un espejo.
     El sol estaba en su zenit. Un simún sopló; calentó las pistolas hasta hacerlas intomables. Maclovio movió primero su mano; la pistola dorada se encontró sorprendentemente primero en el aire que la de Maclovio; un tronido de bala derribó antes al hombre de la pistola dorada; éste alcanzó, sin embargo, a sacar un tiro; Maclovio nunca disparó. Maclovio estaba herido. El hombre de la pistola dorada, muerto.
     Maclovio se dio cuenta; me miró; se acercó lentamente hacia mí, indeciso, pero siempre manteniendo la mirada en la mía. Se detuvo; pude percibir su olor fermentado por el miedo y el calor; vi lo rojos que estaban sus ojos, llorosos, cristalinos.
     Maclovio me mató.1

1Este relato aparece, después de ser tallereado, en el libro Neftis Amonet y otros relatos.

26 de septiembre de 2007

15 de julio de 2007

Una vez cuando tenía 15 años

Der zweite Dezember neunzehnhunderteinundneunzig

Hoy en la escuela no pasó algo interesante, por lo cual no contaré qué pasó ahí.
Después de haber comido fui a la casa de Joaquín. Toqué el timbre, me abrió Ana Paleta, luego vi a Joaquín Paleta. Pero ahí había una Paleta cuyo nombre no conocía; lo que sí observé es que era de sabor limón. Luego Joaquín después de haber filmado a Audaz Paleta, subió conmigo a la azotea del carro de paletas. Ahí me encontré con dos pequeñas cajas en las cuales se guarda dinero; estaban sonriéndome. Una de ellas me dijo que se sentía algo mal porque tenía rota la espalda. Caminé a la derecha, encontrándome con la tapa del carro de paletas; la abrí; en eso casi me pica una araña. Volví a cerrar la tapa. De pronto unos gritos llamaron a Joaquín: ¡Concha!, que venía por una bombita de aire; ella venía acompañada de Mamachilindrina; porque creo que a ellas se les había desinflado o ponchado una dona. Después de que Joaquín le dio la bombita, ella se fue: Concha. Pasando el tiempo, Joaquín se acordó que tenía que hacer un trabajo de metodós; entonces fuimos a la casa de Rafael Lagaña. Ya en su casa, ¡sorpresa!, nos encontramos a Mundoseja. Rafael, como tiene Lagaña-Nintendo, Joaquín... bueno, todos los que estábamos ahí nos pusimos a jugar Top Gaña. ¡Qué padre juego! Jugar Top Gaña fue lo que estuvimos haciendo; así que luego Joaquín y yo nos fuimos de la casa; de ahí nos fuimos al carro de paletas; llegando ahí nos pusimos a ver las luces de las casas en el cielo. De repente se escucha un claxon, era el de mi coche, el HAMMERMOBIL. Por lo tanto partí a mi casa. Cuando llegué, me puse a ver T.V. HAMMER, pero después me aburrí, así que me fui a comer GalletaHAMMERs; luego tomé LecheHAMMER y volví a ver T.V. HAMMER; volví a aburrirme, por lo que me fui a acostar, es decir, a dormir, para luego soñar que bailé con los angelitos.

18 de junio de 2007

Teor funda Arit


El código de Arit dice lo siguiente: Si Zuunya lo hace y si cada vez que un avazya lo hace, lo hace el avazya más próximamente superior en el sistema de castas, entonces todos en Arit lo hacen.
     Dicho código, bien llamado por los avazyas el principio del buen comportamiento, mantiene el orden en la fantásticamente numerable ciudad de Arit.
     En el riguroso sistema de castas de Arit, los muulabhuutas son primordiales, los supervisores de Teor; sin ellos Arit sólo habría sido habitada por Zuunya y Ekam: todo avazya superior a Ekam y Zuunya en el sistema de castas de Arit es supervisado por un único consejo finito de muulabhuutas.
     Zuunya, Ekam y muulabhuutas avazyas también son.
     Un muulabhuuta es sólo supervisado por sí mismo y Ekam. Si un consejo de avazyas es supervisado por un muulabhuuta, dicho muulabhuuta supervisa a algún avazya de dicho consejo; es claro que no a todo avazya, pues algún avazya muulabhuuta podría ser.
     Yamala, el próximo superior a Ekam en el sistema de castas de Arit, un muulabhuuta es. Si un avazya ni Yamala ni un muulabhuuta es, entonces por un consejo de avazyas inferiores a él supervisado es; así que, por el principio del buen comportamiento, que mantiene el orden en Arit, cada avazya de dicho consejo es supervisado por un consejo finito de muulabhuutas; de modo que el avazya superior a cada avazya del consejo, el que ni Yamala ni un muulabhuuta es, supervisado es por un consejo, más grande, pero finito de muulabhuutas.
     Sólo aquel que comprenda de verdad el principio del buen comportamiento sabrá por qué el consejo de muulabhuutas que a un avazya supervisa único es.
     Así fundó Teor Arit.1

1Según expertos en historia de las matemáticas, este texto contiene el Teorema Fundamental de la Aritmética y pertenece, quizás, a una sociedad pitagórica española de finales del siglo XVII y principios del XVIII. Esto hace pensar que, tal vez, Carl Friedrich Gauss no fue el primero en demostrar tal teorema.
     El documento aparece sin título. Yo lo presento con éste y una ortografía actual, porque el texto me pareció casi un relato.

1.1Este cuasi-relato aparece en Neftis Amonet y otros relatos.


6 de abril de 2007

Fundillo va con el genetista

Fundillo se sienta y deja caer una mirada penetrante y de niño amenazador sobre los ojos impávidos y metálicos del genetista.
— Tiene síndrome de Tourette.
— ¿Y qué es eso, PUTA MADRE?
— Pues grita de pronto y sin control, frecuentemente malas palabras, Señor Fundillo —dijo el genetista antes de hacer una larga pausa—. También tiene síndrome de Down.
— ¿Chingada madre, y eso qué es, CABRÓN?
— No me va a entender —dijo el genetista anonadantemente antes de hacer una pausa corta pero perceptible—. También tiene atrirrinia —dijo el genetista con ojos de niño que espera con ansias la reacción por su travesura—.
— ¿Atrirrinia, RECÓRCHOLIS?
— Falta congénita de tres narices —presuroso dijo el genetista antes de que alguien más le ganara la respuesta, después de lo cual se sintió aliviado, como después de cagar.
...1

1Es difícil escribir puntos suspensivos en mayúsculas.

3 de marzo de 2007

Biopotamología por un teenek

Mi especialidad es la biopotamología, la vida, de cualquier tipo, en los ríos. He viajado por todo el mundo y he hecho descubrimientos zoológicos, algunos sin apoyo, otros con apoyo (de algunas fundaciones, como WWF, que definitivamente tuvo que ver con el descubrimiento del interesantísimo arctopótamo).
     Antes que nada, quisiera hablar del porqué me interesé tanto en la vida, animal sobre todo, en los ríos. Mi infancia, como muchos teeneks, la pasé cerca de un río, el Pánuco, el cual siempre me pareció fascinante por su caudal tan vigoroso y sus extraordinarios animales. Ahí vi mi primer críptido, el laab pay'loom te', o elafopótamo, como lo llamo ahora.
     La criptozoología es como los teeneks: pobre, sin interés, poco exigente y dócil; somos distintos a los ejeks: exigentes, interesantes, ricos; todo como desde el comienzo: criptozoólogos frente a zoólogos, agricultores frente a criadores, teeneks frente a ejeks, baatsik' frente a teeneks.
Por supuesto, el primer biopótamo del que hablaré será el elafopótamo, o ciervo de río, en teenek, laab pay'loom te', árbol padrino. Nosotros los teeneks atribuimos a este animal el papel de cuidar al niño después de que éste acaba de nacer; la vida del niño depende de la robustez de su árbol padrino.
     El elafopótamo en realidad no pertenece a la familia Cervidae, ya que es carnívoro además de herbívoro: se alimenta de pintontles moribundos, caracoles, bagres enfermos y de plantas ribereñas; pocas veces sale del agua, y se alimenta durante la noche: es un baatsik' protector de lo salvaje, del inframundo. El elafopótamo suele revolcarse en el lodo de zonas poco profundas o en marismas: es sucio como los teeneks. Su cornamenta es intrincada, desordenada, con una envergadura de hasta dos metros, cubierta por un terciopelo. Tiene una altura de dos metros y medio, dos metros diez hasta la cruz y pesa entre 550 y 730 kg. Su pelo es áspero de color pardo rojizo; tiene una melena de pelo hirsuto y más oscuro que el resto del pelo, incluso llega a ser negro. El laab pay'loom te' es de los primeros, los baatsik', los temorosos del sol, y nosotros los kwitol, los niños, los sin razón.
     En el sur de Vietnam, a unas cuantas horas de Can Tho, a lo largo del río Mekong, se extiende un vasto territorio muy poco explorado debido a su difícil acceso. En el río Mekong habita el Cửu Long, o el arctopótamo como yo lo llamo y que quizás debería llamar artopótamo. El arctopótamo, u oso de río, es un mamífero herbívoro de color rojo óxido, cola larga y rayada: podría estar emparentado con el panda rojo, es decir, podría pertenecer a la familia (Ailuridae) de los elúridos; sin embargo, presenta dos grandes diferencias con el panda rojo: su tamaño: llegan a medir hasta dos metros y medio de largo, y sus patas, que son más largas y desarrolladas, posiblemente adaptadas para nadar largas distancias en el difícilmente navegable Mekong, en vietnamita, Cửu Long Giang, río de los nueve dragones, seres paradójicamente baatsik' y de luz y fuego.
     El coracopótamo, o cuervo de río, se encuentra en el río Podkamennaya, en Rusia. Debido a que no hay reportes de dicha ave sino a partir del acontecimiento de Tunguska, explosión termonuclear aérea debida posiblemente a un meteorito, es posible que el coracopótamo sea una mutación de algún córvido de la regíon, tal vez el corvus corax. Su plumaje es todo negro con brillos púrpuras, verdes y azules; su pico y patas también son negros. Se alimentan de pequeños peces, en el río, y de carroña, en tierra. Llegan a medir, de pie, pues en tierra andan como pingüinos, hasta 110 cm. Son bastante agresivos y andan en pequeñas parbadas (aunque no vuelan) de hasta diez miembros. En ocasiones se atacan entre ellos hasta llegar al canibalismo.
     Finalmente voy a hablar de mis tres últimos y más fascinantes descubrimientos en el río Cuando, en la frontera de Zambia, Angola y Namibia: los teratopótamos: el egopótamo y el sipótamo, y el hepótamo, el alopótamo, el antropopótamo.
     Me encontraba ya cerca de la frontera tripartita cuando el Cuando comenzó a ponerse cenagoso y a transformarse en un laberinto de pequeños pantanos; muy pronto, árboles gigantescos, negros y cubiertos por bejucos atiborraron el laberinto del Cuando de manera que poca luz llegaba hasta el curso del río. Mi canoa andaba lenta; llegó a detenerse varias veces, veces en las que el cieno llegaba a burbujear, a toser y expectorar flemas. La última ocasión que se detuvo traté de hacerla avanzar pero tuve que desembarcar: mi remo se había atascado en aquel cieno flemático. De pronto, me hundí; todo estaba borroso, turbio, viscoso, pesado; empecé a andar sobre el fondo del río, a cuatro patas, mientras pensaba en Ti; Yo Te hablaba en baatsik', y Te preguntaba quién era Él; en baatsik' siempre Me contestabas; Te reconocí muchas veces y otras no; Él siempre estaba ahí, presente, tan lleno de luz y enceguecedor. Finalmente supe quién era: Teenek.1

© Enrique Ruiz Hernández

1El relato completo aparece, con varios cambios, en Neftis Amonet y otros relatos.