20 de marzo de 2009

Lluvia dulce

Amanece en Boron, California. Los rayos del sol iluminan los enormes depósitos de bórax, sal antifórmica, y aquéllos, anaranjados, atraviesan las ventanas y calientan sus cuerpos. Ella despierta.
     Se levanta, desnuda, y se dirige al patio central de la casa. Se sienta lentamente sobre una pequeña montaña de azúcar. Los granos se pegan suavemente a sus nalgas, a sus muslos, sus pantorrillas. Se da vuelta lentamente, permitiendo que algunos granos permanezcan pegados, que otros caigan dejando unas pequeñas marcas rojas en su piel. Queda de lado. Mete una mano en la entrepierna hasta que sólo la punta de su dedo medio apenas toca algunos granos. Saca su mano y remoja en su lengua, levemente, sus tres dedos más largos. Otra vez, la mano en la entrepierna; sus dedos tocan el azúcar y luego sus labios vulvares, húmedos, cafés y rosas: un molusco carnoso y hambriento. Pedalea los dedos, dejando caer, mínimamente, algunos granos de azúcar: apenas los siente, su respiración se hace profunda y su espalda se arquea, como la de una tetanizada. Levanta su mano y tira plácidamente de una palanca: una suave y pequeña lluvia de azúcar cae sobre su vientre, lo acaricia y la sobrecoge, y una sola lágrima de gozo y exaltación se forma en el rabo de su ojo izquierdo. Una sonrisa. Los granos rebotan y se enredan, como arena del mar, en su vello púbico rizado e hirsuto. Su espalda se arquea hacia arriba y hacia abajo.
     Él se levanta, desnudo, y va donde ella. La mira extasiado. Sus puños se cierran y aprietan. Sus dedos de los pies se contraen, se aferran al azúcar bajo ellos. Sangre caudalosa comienza la erección del priapo. Como un rey que busca a la reina del mar, a la ostra olimpia, a la divina coquina, el glande ensanchado, rojo y brillante, con el borde rosado, como una corona, contempla pasmado, duro, la lluvia y a ella. Uno, dos, tres granos caen ligeramente en el glande; éste sufre un espasmo, endureciéndose más. Ella siente que la miran él y el priapo; entonces aprieta a éste y lo tironea un poco con la otra mano, lo jala hacia ella, a la lluvia de azúcar. El caudal granuloso acaricia dulcemente la punta, que apunta y mira hacia ella, con deseo de tocarla.
     Se miran extasiados, con la mirada perdida el uno en el otro, con la boca entreabierta, los labios húmedos y enrojecidos. Una sonrisa. "Qué dulce eres, mi amor".

© Enrique Ruiz Hernández

12 comentarios:

Karla dijo...

Me agrada la seguridad con que nombras las cosas que de costumbre no se enuncian fácilmente. Me intriga el hecho de que halla una montaña de azúcar en el patio de una casa... habría muchas hormigas... valdría la pena explicar por qué está ahí. Saludos

León dijo...

El azúcar es dulce pero lastima, es como una arena gruesa como la de algunas playas de Oaxaca, aunque leyendo me sabe a fantasía a esas que nada mas de imaginarlas sabe bien, pero en la práctica no tanto, aunque el relato es buenísimo, es como un relato erótico que deja la sensación de haber pasado un muy buen rato.

Saludos Quique!

quique et alia dijo...

Sólo era una fantasía. Por otro lado, el relato podría empezar así.
Amanece en Boron, California. Los rayos del sol iluminan los enormes depósitos de bórax, sal antifórmica, y aquéllos, anaranjados, atraviesan las ventanas y calientan sus cuerpos. Ella despierta. (Y aquí sigue el relato).

Sólo era una fantasía. Una vez, una antigua pareja y yo nos vertimos un poco de miel, pensando que sería erótico; pero para nada lo fue. Nos empalagó tanta miel y era tan pegajosa que se apagó todo por estar tratando de limpiarnos. Por otro lado, podría añadir "...sobre una montaña de azúcar algo refinada..." para que los granos sean más pequeños, y en vez de "arena" que diga "arcilla".

León dijo...

Jajajajajaj que cabrón, alguna vez me paso pero en un jacuzzi de un motel, fantasías, fantasías, caray son solo eso, debo agregar que los famosos jacuzzis no son tan comodos como en las películas porno, ese quique con miel? quien diría?

quique et alia dijo...

:)

Me quedé pensando un poco en que si el azúcar lastima y en los personajes del relato, y pues creo que en vez de cambiar el tamaña de los granos de azúcar, preferiría que los personajes sean amantes de un masoquismo ligero.

Karla dijo...

Aguardo, impaciente, la siguiente publicación. Gracias por tus comentarios, Quique. Disculpa la pregunta, cómo diste conmigo?

quique et alia dijo...

Creo que fue por medio de la lista de seguidores de Mauricio Bares.

Karla dijo...

Órale, la red es un pañuelo... jajaja! De dónde conoces a Mauricio Bares? A mí me llegaba publicidad de sus textos vía mail. Le escribí, me contestó, lo conocí y le compré un libro... La historia real es mucho menos interesante que el misterio.

quique et alia dijo...

Lo único que recuerdo fue que mencionaron en algún lugar, que ahora no recuerdo a pesar de mis esfuerzos, aunque laxos, el libro Ya no quiero ser mexicano!. Guguleé Mauricio Bares para saber dónde lo podía encontrar, le escribí, me dijo que él podía conseguirme uno si no lo encontraba en la lista de librerías que aparecía en su página, fui al Conejo Blanco, lo encontré, lo leí, seguí yendo a su página, me metí a los blogs de quienes dejaban comentarios y de quienes se hicieron seguidores, leí algunos, dejé comentarios en algunos, y así fue cómo di con tu blog.

León dijo...

Si, el cuento que sea ligeramente masoquista,oye cuantos comentarios para una sola entrada, jajajaja, tu siguele escribiendo, que ya soy lector recurrente, ah y si logras cambiar el tamaño dé los granos ahí me mandas un kilo para Oaxaca ;)

Karla dijo...

Ayer escribí un comentario pero quién sabe por qué no apareció... mmmm. Quizá esté enloqueciendo y, en tal caso, sólo imaginé que ayer escribí un nuevo comentario. Espero estar cuerda hoy.

Quique! Cuándo subes una nueva entrada? Me gustaría mucho seguir leyéndote.

Saludos enloquecidos

quique et alia dijo...

Sí, ya voy; de hecho, ya hay varios textos cocinándose. Es que soy algo lento para cocinar.